Sándwiches

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Mesa de restaurante. Fotografía del autor.

Una noche en Mondariz cenamos en un restaurante que estaba sobre el río Tea, en el que además de dar de comer vendían libros. Fue en el último agosto, antes de la pandemia. Los libros eran treinta o cuarenta, nuevos, con su precio etiquetado, y estaban dispuestos en un stand con el que te dabas de bruces al entrar. Los habían colocado no con idea de crear concepto o gastrocultura,  sino solo por dar ocasión al visitante de poder comprar un libro, porque en el pueblo no había dónde y entre los veraneantes seguro que los hay que se harían con uno o con más solo con tener la oportunidad.

Mientras el resto se acomodaba yo me entretuve un buen rato hojeando una novela de Juan José Millás titulada La vida a ratos. El muestrario parecía que lo hubiesen escogido en el Círculo de Lectores, porque había literatura y bestseller a partes casi iguales y resultaba una selección muy poco objetable si uno conoce más o menos el tipo de público que frecuenta la zona en verano. Con el libro de Millás era fácil distraerse, porque tenía la forma de un diario, a base de entradas breves, y en casi cualquier página podías leer una pieza muy bien resuelta en dos párrafos.

Me llaman los libros fuera de sitio o de momento. Pienso ahora en El hijo del siglo, unas memorias del periodista Haro Tecglen, que apareció en un supermercado de Zarautz al que había entrado por provisiones para un día de camping; o en La Virgen de los Sicarios, la novela Fernando Vallejo el escritor colombiano, que encontré una noche a las cinco de la mañana en una de esas tiendas que nunca cierran, mientras me calentaban una porción de pizza; y hasta en un episodio nacional de Galdós, el único que tengo por ahí, que solo me interesó porque lo vendía el mismo tipo que alquilaba los patines de agua en el Lago de Sanabria.

A diferencia de estos que cito, el libro de Millás no lo compré entonces. Preferí pensar que por casa tenemos no menos de nueve o diez libros del autor, que de esos más de la mitad están aún por leer y que antes de comprar más debería empezar por despachar los que tengo y por culpa de semejantes ideas cristianas lo dejé donde estaba, reprimido y seguro de estar haciendo lo incorrecto.

Hace algunos días volví a toparme con La vida a ratos en una gran librería. Entre otros muchos miles de libros, ordenado en la M junto a las demás obras de Millás. Se diría que ese es su lugar. Uno acude a una librería por encontrar libros, no sándwiches. La librería es su sitio y sin embargo allí estaba como por estar, sin nada que decir, que hasta las piezas en las que me fijé esta vez me pareció que ya no estaban tan bien resueltas.

Si al final me lo llevé, pareciéndome, después de un año, menos original y nada llamativo, fue el efecto de aquella noche en el restaurante, del impulso que yo creí haber vencido con penitencias pero que ahí seguía, latente como los virus.

En tiempos hubo en aquella misma librería, dentro, un pequeño café con mesas que ofrecía sándwiches que allí, fuera de sitio, sentado uno entre tanto libro, sabían mejor que en cualquier cafetería.

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