Galapagar

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Fotografía del autor

Lo primero que uno piensa cuando ve escrito Galapagar en los indicadores de la A6 es en galápagos. A mí me ocurre cada vez que entro o salgo de Madrid, y a ese pensamiento le sigue siempre una evocación exótica y la idea de que si uno toma la salida y culebrea un poco entre las urbanizaciones, en algún momento, como por efecto de uno de esos agujeros de gusano que alteran el espacio-tiempo en la ciencia ficción, aparecerán los galápagos y los mares del sur.

El camino del sur a uno puede arruinarlo aunque esté al norte como Galapagar. Hay un momento en la vida para emanciparse del sur y aceptar que hay lugares a los que ya no se puede llegar por más que uno los alcance con la vista o con las manos o hasta con la cuenta corriente. Eso hay quien no lo consigue y entonces el sur lo devora, porque no siempre es fácil, emanciparse, y porque proliferan chamanes, coachers y toda esa gente dispuesta por muy poco dinero a que seas ese tipo que siempre quisiste y que si aún no has logrado es por tu pobre crecimiento personal y porque flojeas de voluntad.

En Galapagar el PSOE también tenía un chalet con finca y en verano allí se programaban actos y cursos para la formación de cuadros y militantes. En agosto del noventa yo tenía carnet de las juventudes y participé como alumno en un seminario que los de la organización titularon el ocaso de las ideologías. El curso lo inauguró en el chalet Enrique Curiel, que había sido comunista y lo había dejado, y el día de la clausura se presentó Jorge Verstrynge a saludar ponentes porque, aunque por Madrid aún quedasen carteles con su foto de candidato por la coalición de Manuel Fraga, los socialistas eran los suyos de verdad, o al menos eso dijo.

A Galapagar le ocurre lo que al Sur en el poema de Quasimodo, está cansado de arrastrar muertos.

Mi corazón está ya en estas praderas / en estas aguas anubladas por la niebla.

He olvidado el mar. 

Più nessuno mi porterà nel Sud*

* Ya nadie me llevará al sur.

(Salvatore Quasimodo. Lamento per il sud).

 

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La muerte de don Ceferino

 

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Aula de EGB. Colegio Raimundo Lulio. Madrid.

La muerte de don Ceferino pasó como un rumor más que como un hecho. Y eso que a Don Ceferino, que era maestro de niños en el colegio franciscano de Vallecas, la muerte le echó las manos en el aula, en mitad de una clase y a la vista de treinta o cuarenta escolares de los de siete años.

Fue un día por la tarde, cuando la transición. Uno de los de la clase de don Ceferino apareció en la nuestra, que era la siguiente del pasillo, a dar aviso al profesor. El profesor salió y en nada hubo un revuelo y nos condujeron al patio a los alumnos de don Ceferino y a los de las aulas lindantes y en el patio los que lo habían presenciado, los dueños de la escena, lo contaron.

Don Ceferino, de pie en la tarima, en un repente soltó la tiza que tenía en la mano, dio unos pasos hacia atrás, cayó y ya no se levantó. No te lo creas eso, dijo uno, no estaba en la tarima, estaba abajo porque iba a cogerle el cuaderno al Adrián y le salió espuma pero no se cayó, se sentó. Pero qué dices tú, sí que estaba en la tarima y levantó los brazos y se cayó pero de cabeza, no hacia atrás, y se dio con la mesa del Agus. Que te lo crees eso, ya estaba al lado del Agus y lo que pasó es que abrió mucho boca, así, y le salió la espuma esa y se tiró al suelo. De eso nada, la espuma ya le había salido antes y además no se tiró, se puso a dormir.

Alguno de nosotros, de los que no habíamos visto nada, preguntó si don Ceferino había dicho algo durante el episodio. Sí que dijo, dijo ‘las llaves’. No inventes, no dijo las llaves, dijo ‘baracaldo’. No chaval, lo que dijo fue ‘dos de calamares’ que yo lo escuché mejor que estaba más cerca. Terciaron otros y a don Ceferino le atribuyeron varias últimas palabras que no hace al caso recordar.

Pero se murió, no? -.

Don Ceferino murió como de boca a oreja y sin unanimidad. Eso mismo dice Juan Tallón que ocurre con los penaltis en el fútbol, que a la vez son y no son porque son versátiles y se adaptan al espectador.

Todo contando con que don Ceferino de verdad muriese por él, por mano propia, que eso no hay quien lo asegure. Aquellos cabrones de segundo B. De qué no eran capaces.

 

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Té y naranjas

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Vi tres personas chinas, turistas, junto al portal del edificio en que Basterra tenía su apartamento. Miraban al interior arrimados al cristal y con la mano hacían visera para salvar el reflejo de la luz y poder ver. Los observé desde el zaguán de la trattoria que hay justo al lado. En la trattoria entro a comer algunas veces. Basterra supongo que también, que para algo vivía encima del restaurante, aunque eso fue antes de que aquello ocurriera y lo encarcelasen. Por fuerza hemos tenido que cruzarnos y también que haber comido muy cerca sin saber del otro.

Me pareció por su calzado, el de los chinos, y por los cortes de pelo, que eran gente  con internet y atenta al mundo, y también que formaban familia. Una familia de tres, reglamentaria, de cuando China permitía una sola descendencia a las parejas.

El padre chino da tres o cuatro pasos caminando hacia atrás y con la vista abarca el edificio entero. Consulta una guía de viaje que lleva en la mano y después vuelve a la puerta y pega otra vez la nariz al cristal.

Durante meses hubo una cámara de televisión apuntando a ese portal como si Basterra, que ya estaba preso, fuese a franquearlo en cualquier momento trotando y vestido para el running. Los reporters habían escogido ese lugar como fondo para las crónicas de la investigación y el juicio, como un decorado. He leído que en China hubo interés y seguimiento del caso porque la niña, la hija de Basterra, fue china lo primero de todo, una de los suyos, y creo que hasta el embajador dirigió a nuestro gobierno uno de esos cables diplomáticos. La República Popular de China condena la muerte de sus hijos a manos de sus padres adoptivos y anuncia que revisará las condiciones y los procedimientos de acogida internacional y la suspensión de los programas en curso. ‘Los hijos de la República Popular de China’, solo por escribir algo así me hubiera gustado ser redactor de telegramas y de protestas de las que se cruzan los países.

Vienen de China a Compostela a reconocer los lugares del último día de la hija de Basterra. Esa clase de viajero abunda y deja dinero. Los seguidores de Sanmao, que era china y escritora, no han dejado de acudir a la playa en la que se ahogó su marido hace cuarenta años en una práctica de pesca submarina. Sanmao, antes de instalarse en las Canarias, donde acabó enviudando, vivió en Madrid en el barrio de La Concepción, que era el barrio de mi padre y los dos, sin saberlo ninguno, compartieron acera o bar, como Basterra y yo, y hasta puede que asiento en el autobús.

La familia china se ha marchado. No estaban seguros de que fuese ese lugar lo que buscaban. En las piezas y conexiones de televisión las cámaras solían jugar con ángulos y distancias y en los informativos este tramo de la calle, el del portal, ganaba mucho y parecía otro sitio. Tal vez sea por eso que los he visto dudar. No hay que comprender el chino para notar algo así. Les hubiera pedido té y naranjas a cambio de mostrarles los demás escenarios de aquella historia. Naranjas y té traídos de China, como en el poema de Leonard Cohen. Acaso solo té y una oración, como en el de Javier Bergia.

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Las cañas

Uno. Las cañas.

El saxofón, contra lo que pueda parecer, sobre todo de primeras, hace familia con la sección de instrumentos de viento-madera y no con los metales. Eso es porque, en la embocadura, a la boquilla hay emparejarle una lengüeta llamada caña que es de madera y que queda sujeta por medio de una abrazadera que es como las de fontanería pero más noble. El saxofón, que no deja de ser una forma rudimentaria de clarinete, suena por el efecto que produce esa caña, al vibrar, en la columna de aire que uno dirige al interior del instrumento.

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Detalle de boquilla, caña y abrazadera en la embocadura de un saxofón soprano propiedad del autor.

Conocí a un saxofonista al que lo obsesionaba la idea de que en el mundo se acabasen las cañas de saxofón. Me pareció algo irreal y una preocupación excesiva tratándose de alguien que vivía de un buen puesto como directivo de una conservera y no del saxo.

– Antes de que se agote la madera para cañas se habrán acabado los saxofonistas por falta de oxígeno en el planeta, así que yo no me preocuparía -le dije.

A aquel tipo no lo angustiaba la deforestación, sino la idea de que algo como una sociedad internacional, secreta, se hiciera con las reservas mundiales de cañas para saxofón y acabase con su comercio y su producción. Lo dijo con esa clase de risa un poco nerviosa del que sabe que dice algo disparatado en lo que no puede evitar creer, aunque sea un poco, y lo cierto era que ya se preparaba para un futuro sin cañas atesorando las suyas, cuidándolas como a bebés prematuros, con controles de humedad ambiental y de temperatura propios de un laboratorio, todo por evitar que llegaran a secarse, que para una caña es lo mismo que morir.

Dos. La escena.

Hay una escena. La escena de quien aparece en algún lugar público y trae sed como de haber cruzado un desierto a pie y sin cantimplora. En ese lugar hay agua pero el tipo no conseguirá beber por más esfuerzos que haga. Porque alguien la derrama cuando esté a punto de probarla de un recipiente, porque en la botella que alcanza solo queda una gota o porque la que mana de un grifo se agota justo cuando le llegue el turno de beber y así todo el tiempo.

Yo soñé una escena como esa la otra noche y desperté muy alarmado porque en el sueño lo que yo perseguía con obsesión de muerto de sed no era agua. Era tequila. El cerebro es de mandar mensajitos como los hijoputas. Repasé mi relación con el tequila sentado en la cama. El último fue hace dos veranos en la sobremesa de una comida en un mexicano que estaba de moda en Nigrán y lo pedí por folklorismo y diplomacia. Del penúltimo hará tres otoños, y aunque es verdad que aquel me lo embuché entre dos whiskis, mezclando a propósito para realzar efectos, no me parece como para que mi propio cerebro me tenga por un yonqui del tequila; y aunque mi relación con el alcohol en general no sea esporádica, tampoco es de las de desarrollar síndromes de abstinencia como el del sueño. El cerebro puede ser malintencionado a veces.

Tres. El fotograma.

He leído sobre esos experimentos que consisten en insertar en una película un fotograma con la imagen de una Coca-cola; un solo fotograma o varios convenientemente espaciados. El espectador no lo percibe porque el tiempo en pantalla dura lo que un microsegundo pero el cerebro sí lo capta, el mensaje, porque en realidad va dirigido a él, y por eso al salir del cine te dirige al bar a buscar Coca-cola, que además es quien financia casi siempre esa clase de estudios y es lógico que tenga retorno.

Después de haber olvidado el sueño del tequila una mañana tuve algo parecido a una visión. Un flash, por decirlo al modo los cursis. Un fotograma como el de la Coca-cola inserto en una película.

El fotograma muestra la imagen de un titular de los de prensa, es como un recorte, y aunque fue una fracción de segundo, logré a medias retenerlo. El titular dice algo como ‘se agota el tequila’, ‘el fin del tequila’, ‘Mexico se queda sin tequila’. Tuvo que ser uno entre esos cientos, miles, de titulares por los que la vista pasa cada día sin detenerse, o por los que ni siquera pasa la vista, solo los ojos, cuando uno hojea un periódico o en los scrolls que uno hace con la rueda del mouse o con el dedo sobre la pantalla en las páginas de noticias cuando mira en ellas sin ver.

Fui al buscador y entonces apareció. El País, 2 de febrero de 2018. La fiebre internacional por el tequila amenaza con agotar sus reservas. Por lo visto el cerebro hace su propia lectura de los diarios; de los diarios y de todo lo que a uno le pasa por delante, y retiene lo que le interesa. Lo que le interesa a él, al cerebro, incluso aunque uno no lo haya leído y a veces hasta ni mirado. Se lo queda y luego lo administra a conveniencia y para jugar contigo o darte por saco si hace falta.

Cuatro. Las cañas.

He descubierto que a mi cerebro todo lo que sea que el mundo llegue a quedarse sin algo le llama mucho la atención y que él por su cuenta va guardando esa clase de inputs, porque nada más leer yo el titular del día 8 de febrero que anunciaba la extinción del tequila, como para justificarse, el cerebro puso sobre la mesa la historia del saxofonista atormentado por el fin de las cañas. Fue él, el cerebro, no yo, porque de la conversación que tuvimos aquel tipo y yo la única vez que nos vimos yo recordaba algunas cosas; su puesto en la conservera, la marca de su saxo tenor, su aspecto, el nombre de un par de temas de jazz que nos gustaban a los dos; pero lo de la desaparición de las cañas, por más estrambótico que resultase cuando lo escuché, se me borró y no lo habría recordado ni bajo tortura.

Tal vez el cerebro haga esto para protegerme. Acaso por suministrar material para el libro. Después de todo, yo casi solo escribo del pasado, de aquello que hubo y dejó de haber, porque la literatura en cierto modo es eso justamente, lo que viene después.

Ayer bajé al trastero en busca de mis viejos saxofones. Guardadas en los estuches encontré unas ocho o nueve cañas. Las he subido y puesto bajo el grifo nada más entrar en casa, por devolverles la vida, porque algunas van a cumplir dos años sin utilizarse y yo nunca puse cuidado en su conservación. Creo que las he recuperado o que voy por buen camino y ya he escogido un nombre para cada una. Además he decidido no volver a utilizarlas ni a tocar más el saxofón por no dañarlas.

Por la tarde vendrá a casa Fernando R., que fue mi vecino de descansillo y que tenía en su apartamento unos cuantos armarios en los que cultivaba marihuana. Un día la policía entró en el piso a la hora de comer y se lo llevó a él y a los armarios, esto último con mucha dificultad. Yo lo observé todo por la mirilla. El día que lo citaron a juicio se presentó en mi piso y me pidió que lo defendiese. Conseguimos un par de atenuantes y un buen acuerdo con la fiscalía y al final solo cumplió los dos meses que estuvo de preventivo. Fernando me va a enseñar a reproducir dentro de una vitrina las condiciones tropicales que necesitan las cañas, como hacía con sus plantas de hierba.

El cerebro puede ser muy cabrón.

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El canal plus. Una historia de fútbol.

La última vez que estuve en un estadio de fútbol fue por mi amigo Adrián, que por entonces trabajaba manejando una cámara para el Canal+ en las retransmisiones de los partidos. Adrián se había colocado algunos años antes en la Televisión de Galicia y un día los del Canal+, que estaba recién fundado, llegaron a Santiago y lo ficharon a él y casi todos los de su sección, que era la de operadores y realizadores de partidos y eventos en exteriores.

Mi amigo vino a Vigo un domingo temprano desde Madrid con la caravana del Canal+ para filmar el partido del Celta y yo fui a esperarlo junto al estadio. Adrián había viajado de noche muy cómodamente en uno de los camiones, que estaba preparado con cocina y circuito de agua como las roulottes de los feriantes y que tenía unas literas para el personal en forma de colmenas, al estilo de algunos hoteles de Tokio.

La caravana apareció en Balaídos y la gente que había por el barrio acudió toda al reclamo del sello del Canal+ estampado en la caja de aquellos camiones negros y se agrupó alrededor con signos de excitación, como si fueran a apearse los Rolling Stones y no los operarios de un canal de televisión. Para encontrar a Adrián tuve que abrirme paso y como él tenía que ponerse con el montaje y los preparativos de la retransmisión solo tuvo tiempo de enseñarme el camión-hotel y después de eso nos citamos por la tarde, para que me colase al campo.

Media hora antes del partido nos encontramos en una de las puertas del estadio y me colgó al cuello una especie de credencial de prensa con el anagrama del Canal+ y el nombre Amadeo García escrito, que Adrián dijo que era inventado.

– Si pongo tu nombre y aparece la inspección de trabajo en el estadio podemos tener problemas. Si pongo el mío o el de alguien de la empresa y te pillan con la tarjeta los problemas podrías tenerlos tú -dijo. Adrián hablaba con la rutina del que hacía esto mismo todos los domingos en el campo al que lo mandasen.

– Busca un sitio en la grada que hay detrás de los banquillos y no te muevas de allí -me dijo. Yo obedecí y encontré un asiento vacío cinco o seis filas encima de la rasante del campo junto a un niño y un señor que lo acompañaba y que por edad me pareció su abuelo. Llevaba bien a la vista mi credencial del Canal+ y noté que casi todo el mundo me miraba y yo al principio supuse que era por el prestigio del Canal+, que estaba de moda, pero después de un rato empecé a pensar que tal vez se fijaban porque aquella gente con experiencia de abonados del club se había dado cuenta de que yo estaba allí colado y con una identidad falsa. Todo eso de la inspección de trabajo y la orden de no moverme del asiento me inquietaba y para cuando el partido empezó yo me sentía ya descubierto y resignado a salir del estadio a empujones o hasta detenido. Sólo después de un rato, como nadie vino por mí, le quité hierro al asunto y relajé algo la tensión y en una de esas me llevé las manos a la cabeza por un fallo del delantero del Celta y debí decir algo y entonces el niño que tenía al lado me preguntó:

– De verdad eres del canal plus?

Me vino sudor frío y el principio de un retortijón.

– Cómo, qué dices? -. Aunque lo había entendido muy bien, pregunté por ganar tiempo y controlar un poco las vías de escape a la carrera.

– Que si eres del canal plus -dijo.

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El niño estaba muy bien peinado, con alguna clase de fijador, y escondía las manos debajo de los muslos. Pensé en la inspección de trabajo y en la policía y en un ejército de niños soplones adiestrados para oler el miedo, como los perros, dispersos por la grada para dar con la gente sin entrada o con empleados sin contrato.

– Claro que soy, no ves la tarjeta?

Le acerqué la tarjeta a la nariz.

– Y por qué vas con el Celta, yo pensaba que erais neutrales.

– Bueno… solemos animar algo al equipo del estadio al que vamos, el que sea, es que si no es un poco aburrido.

– Te llamas Amadeo?

– Sí… Amadeo, sí.

– Y por qué estás aquí y no con los periodistas.

En aquel momento tomé la decisión de acabar con aquello y entregarme al niño para que me entregase él a la seguridad del campo, no sin felicitarlo por su habilidad y sus técnicas, y cuando estaba a punto de hacerlo se levantó un tipo que estaba dos filas más abajo, delante de nosotros, y empezó a insultar a voz en grito al entrenador de Sporting de Gijón, que era el equipo visitante, y que estaba muy cerca debajo de nuestra grada, tan cerca como para que el aludido lo escuchase sin dificultad. Era la tercera o cuarta vez en lo que llevábamos de partido que aquel tipo se revolvía en insultos contra el entrenador del Sporting, como si tuviera con él algo pendiente.

– Preciado, cabrón!, Preciado, hijoputa! Preciado tus cuernos! Preciado tus muertos! Preciado jódete! y así sin parar. Preciado, que era un tipo asturiano que caía bien y que tenía el aspecto de un liberado del sindicato minero, ni siquiera hacía ademán de girar la cabeza. En fútbol no está permitido al entrenador que se dé la vuelta y haga callar a un tipo como aquel con dos hostias o tres bien dadas y entonces, cuando iba a reconocer yo mis culpas y ponerme en manos del niño, tuve uno de esos impulsos de último segundo, como de supervivencia, y me puse de pie casi sin pensar.

– Eh, tú! – le grité a aquel tipo.

El otro se volvió y me miró con  cara de aturdido por la sorpresa.

– Tú, sí, tú! Quieres dejar de insultar de una puñetera vez? O es que no ves que hay niños viendo el partido? Dónde coño te crees que estás! -.

El hombre estaba a punto de salir del desconcierto que le causé y yo temí algo muy malo porque se lo veía más fuerte que yo y seguramente estaba más curtido en esta clase de conflictos y entonces agarré la credencial del Canal+ que llevaba colgada y se la mostré con decisión.

– Ves esto? Lo ves? Soy del canal plus y como no te calles ahora mismo mañana sales en la televisión y verás la vergüenza que te va a dar que te vea todo el mundo, que te estamos grabando! -.

El Canal+ tenía una sección en su programa de los lunes, el que repasaba la jornada de fútbol, en la que solían aparecer curiosidades que sucedían en la grada, de esas que no se ven en las retransmisiones y aquel programa era muy popular y lo veía todo el mundo porque era en abierto y aquel tipo seguro que también lo veia porque volvió a su desconcierto, balbuceó algo y se sentó y ya no volvió a levantarse más.

Al sentarme yo las piernas me temblaban. Noté que el niño se me arrimó un poco, lo justo para que pareciese ante los demás que había venido al estadio conmigo y no con su abuelo. Cuando el partido terminó me descolgué la tarjeta y se la ofrecí.

– Toma, para ti, yo ya no la necesito. Me dan una en cada partido -le dije.

Al niño los ojos le brillaron. Le ofrecí la mano y me despedí de él aliviado, un poco como esos detenidos por una mala noche que salen del calabozo por la mañana arrepentidos y dando las gracias al comisario. Después corrió con su abuelo.

– Mira abuelo!- le escuché decir – el señor del canal plus me ha dado su carné.

El abuelo me miró.

– Así que del canal plus, no?

 

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El vuelo de la esperanza

J. Ibargüengoitia, el escritor mexicano, murió en el accidente del avión Aviaco de mil novecientos ochenta y tres en Madrid, un vuelo que hacía la ruta Frankfurt-París-Madrid-Bogotá y que se estrelló en la maniobra de aproximación a Barajas, por algún tipo de error de cálculo o de información de esos que provocan que el avión o el piloto o los dos crean que el aparato vuela más alto de lo que en realidad vuela y que acabe impactado contra el suelo antes de alcanzar la pista.

Yo tenía referencia de Ibargüengoitia por Las muertas, uno de sus libros, pero desconocía que hubiera muerto él en un trance tan estrepitoso. Lo supe la otra semana por el periódico, porque de no haber sido por aquel accidente Ibargüengoitia hubiera cumplido este año los noventa y por eso le dedicaban una página. Algo así no deja de ser una ucronía, porque el escritor podría haber muerto de mil maneras distintas antes de llegar a los noventa años, pero esta clase de marcas de calendario facilitan mucho el trabajo a la sección de cultura y se consiguen a veces buenos resultados.

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Con todo, el modo en que murió Ibargüengoitia no era lo mejor de su rememoración en el periódico. Escribo ‘lo mejor’ porque es una forma más sencilla que otras de hacerme entender. Lo mejor, lo que realmente hizo que me detuviese un momento, fue la referencia al hecho de que en el accidente del Aviaco, además de Ibargüengoitia, había muerto otro escritor, un peruano llamado Manuel Scorza a quien nunca había oído nombrar a pesar de haber sido un autor con nombre en la república de escritores en español. Había algo inquietante en aquella coincidencia. No hay tantos escritores, no los había entonces, como para que dos vayan a estrellarse juntos en el mismo avión.

Quise averiguar algo más. Hoy es muy fácil sin levantarse de la silla ni levantar el teléfono y en poco rato supe que no solo habían muerto en el accidente Ibargüengioitia y Scorza, sino dos escritores latinoamericanos más, una argentina llamada Marta Traba y un uruguayo, Ángel Rama. Cuatro escritores son muchos para cualquier clase de coincidencia. En realidad son la prueba de que no había coincidencia, porque los cuatro viajaban desde París a un encuentro de intelectuales latinoamericanos en Bogotá y no solo ellos, sino también algunos otros artistas, al menos tres según las crónicas: una pianista catalana y dos pintores. De no haberse estampado el avión hubieran subido en Madrid con desino a Bogotá otros cuantos escritores más, españoles, todos invitados o inscritos en aquella reunión de Colombia.

Conozco un tipo que a finales de los setenta dedicó algunos años a prepararse para la oposición de registrador de la propiedad. Era un empeño muy dificultoso porque, además de las complicaciones propias del temario, uno podía embarcarse en algo así sin saber si llegaría a haber un examen al que concurrir, porque apenas había puestos vacantes porque los registradores vivían tan bien haciendo tan poco que ni morían ni se prejubilaban ni tampoco se jubilaban. Cuando llevaba tres años estudiando y sin convocatoria a la vista los registradores organizaron un congreso en Puerto Rico, que era un lugar con nuestro mismo sistema registral. Los registradores fletaron un avión a San Juan y allí fueron todos juntos. Los opositores llamaron a aquel vuelo ‘el vuelo de la esperanza’ por razones que no es necesario explicitar, y por eso, cuando los registradores regresaron de aquella parte del Caribe sin novedad, tan desahogados como habían ido pero ahora con botellas de buen ron y un principio de bronceado, cundió la frustración entre muchos opositores, mi amigo para empezar, que decidió abandonar la oposición y abrir un bufete.

Supongo que aquel vuelo plagado de escritores a Bogotá, que aún sin haber llegado a salir de Madrid se llevó a cuatro, debió ser también el vuelo de la esperanza para alguno, tal vez un tipo con un manuscrito y las puertas cerradas de las editoriales, al que podrían abrírsele por escasez repentina de mano de obra con la que alimentar el negocio.

Mi manuscrito y yo, por si acaso, hemos empezado a seguir con interés el calendario de ferias y eventos literarios y los desplazamientos de escritores en grupo. Por estar preparados. No sea que nos llamen si ocurre algo.

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