Al-Zawahiri

Ayman Al-Zawahiri era médico cirujano nada menos, un tipo maduro y pulcro de aspecto amable y gafas con montura de varios cientos de dólares del que uno, teniéndolo enfrente, la pestaña del bolígrafo asomada en la galabiya, creería casi cualquier cosa que dijese, y que de no ser por su rango de vicepresidente de Al-Qaeda y mano derecha de Bin Laden, hubiera pasado por profesor visitante de la London School of Economics como poco.

A9D0C362-D429-4546-B7F5-6F2Ayman Al-Zawahiri36A91CLa otra noche, en sueños, yo fui Ayman Al-Zawahiri. He leído a autores que dicen que cuando un escritor recurre a sus sueños como material de trabajo es que está acabado. Es verdad, y por eso tengo el firme propósito de seleccionar los inputs dejando los sueños a un lado el día que me haga escritor. Pero mientras eso no ocurra no veo por qué deba guardarme para mí solo algo como haber sido Ayman Al-Zawahiri, por mucho que fuese un sueño.

A Ayman, a mí, lo habían secuestrado unos de una facción suní disidente de la suya propia y lo tenían encerrado en un hangar enorme en la zona de Mesopotamia. Ayman, yo, con idea de liberarse de sus captores, en un cierto momento echó a correr por el hangar en busca de una salida. Corría sujentándome las gafas por el puente con los dedos dos y tres de la mano izquierda y con la mano derecha, abierta sobre la coronilla, sujetaba el imamah, mi turbante del mejor algodón egipcio, por no perder ninguna de las dos cosas. La verdad es que para no poder contar con el juego de brazos y llevar puesta una chilaba que me limitaba la zancada, corrí a bastante velocidad por el hangar.

Como sucede en las películas de raptos, los guardianes al principio no repararon en mi huída porque estaban jugando cartas, pero después sí y entonces me persiguieron a gritos dentro del hangar muy bien armados con fusiles automáticos y ristras de balas cruzadas al pecho.

Llegué al final del hangar y aunque no había puerta visible empujé la chapa, que estaba muy caliente por la acción del sol, y tuve la suerte de que, justo donde hice fuerza, hubiese una salida secreta, disimulada. Pero el exterior, hasta donde alcanzaba la vista, era un secarral sin una mala mata detrás de la que esconderse y entonces me ví perdido sin remedio y desperté con sudores y un principio de arritmia.

El dormitorio, con la contraventana cerrada, estaba en completa oscuridad y lo único visible era el rostro de Al-Zawahiri que yo tenía en la cabeza. Me llevé la mano a la cara, palpándome, y mesé su barba, que era la mía, y más arriba, con los dedos segundo y tercero de la mano derecha, toqué el puente de sus gafas, que eran las mías, y con toda la palma los cristales, primero uno y luego el otro alternando varias veces el recorrido como para comprobar que eran verdad.

No sé que es peor. Quedarse dormido con las gafas puestas o que el inconsciente te avise con sus putas técnicas.

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