El vuelo de la esperanza

J. Ibargüengoitia, el escritor mexicano, murió en el accidente del avión Aviaco de mil novecientos ochenta y tres en Madrid, un vuelo que hacía la ruta Frankfurt-París-Madrid-Bogotá y que se estrelló en la maniobra de aproximación a Barajas, por algún tipo de error de cálculo o de información de esos que provocan que el avión o el piloto o los dos crean que el aparato vuela más alto de lo que en realidad vuela y que acabe impactado contra el suelo antes de alcanzar la pista.

Yo tenía referencia de Ibargüengoitia por Las muertas, uno de sus libros, pero desconocía que hubiera muerto él en un trance tan estrepitoso. Lo supe la otra semana por el periódico, porque de no haber sido por aquel accidente Ibargüengoitia hubiera cumplido este año los noventa y por eso le dedicaban una página. Algo así no deja de ser una ucronía, porque el escritor podría haber muerto de mil maneras distintas antes de llegar a los noventa años, pero esta clase de marcas de calendario facilitan mucho el trabajo a la sección de cultura y se consiguen a veces buenos resultados.

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Con todo, el modo en que murió Ibargüengoitia no era lo mejor de su rememoración en el periódico. Escribo ‘lo mejor’ porque es una forma más sencilla que otras de hacerme entender. Lo mejor, lo que realmente hizo que me detuviese un momento, fue la referencia al hecho de que en el accidente del Aviaco, además de Ibargüengoitia, había muerto otro escritor, un peruano llamado Manuel Scorza a quien nunca había oído nombrar a pesar de haber sido un autor con nombre en la república de escritores en español. Había algo inquietante en aquella coincidencia. No hay tantos escritores, no los había entonces, como para que dos vayan a estrellarse juntos en el mismo avión.

Quise averiguar algo más. Hoy es muy fácil sin levantarse de la silla ni levantar el teléfono y en poco rato supe que no solo habían muerto en el accidente Ibargüengioitia y Scorza, sino dos escritores latinoamericanos más, una argentina llamada Marta Traba y un uruguayo, Ángel Rama. Cuatro escritores son muchos para cualquier clase de coincidencia. En realidad son la prueba de que no había coincidencia, porque los cuatro viajaban desde París a un encuentro de intelectuales latinoamericanos en Bogotá y no solo ellos, sino también algunos otros artistas, al menos tres según las crónicas: una pianista catalana y dos pintores. De no haberse estampado el avión hubieran subido en Madrid con desino a Bogotá otros cuantos escritores más, españoles, todos invitados o inscritos en aquella reunión de Colombia.

Conozco un tipo que a finales de los setenta dedicó algunos años a prepararse para la oposición de registrador de la propiedad. Era un empeño muy dificultoso porque, además de las complicaciones propias del temario, uno podía embarcarse en algo así sin saber si llegaría a haber un examen al que concurrir, porque apenas había puestos vacantes porque los registradores vivían tan bien haciendo tan poco que ni morían ni se prejubilaban ni tampoco se jubilaban. Cuando llevaba tres años estudiando y sin convocatoria a la vista los registradores organizaron un congreso en Puerto Rico, que era un lugar con nuestro mismo sistema registral. Los registradores fletaron un avión a San Juan y allí fueron todos juntos. Los opositores llamaron a aquel vuelo ‘el vuelo de la esperanza’ por razones que no es necesario explicitar, y por eso, cuando los registradores regresaron de aquella parte del Caribe sin novedad, tan desahogados como habían ido pero ahora con botellas de buen ron y un principio de bronceado, cundió la frustración entre muchos opositores, mi amigo para empezar, que decidió abandonar la oposición y abrir un bufete.

Supongo que aquel vuelo plagado de escritores a Bogotá, que aún sin haber llegado a salir de Madrid se llevó a cuatro, debió ser también el vuelo de la esperanza para alguno, tal vez un tipo con un manuscrito y las puertas cerradas de las editoriales, al que podrían abrírsele por escasez repentina de mano de obra con la que alimentar el negocio.

Mi manuscrito y yo, por si acaso, hemos empezado a seguir con interés el calendario de ferias y eventos literarios y los desplazamientos de escritores en grupo. Por estar preparados. No sea que nos llamen si ocurre algo.

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