El canal plus. Una historia de fútbol.

La última vez que estuve en un estadio de fútbol fue por mi amigo Adrián, que por entonces trabajaba manejando una cámara para el Canal+ en las retransmisiones de los partidos. Adrián se había colocado algunos años antes en la Televisión de Galicia y un día los del Canal+, que estaba recién fundado, llegaron a Santiago y lo ficharon a él y casi todos los de su sección, que era la de operadores y realizadores de partidos y eventos en exteriores.

Mi amigo vino a Vigo un domingo temprano desde Madrid con la caravana del Canal+ para filmar el partido del Celta y yo fui a esperarlo junto al estadio. Adrián había viajado de noche muy cómodamente en uno de los camiones, que estaba preparado con cocina y circuito de agua como las roulottes de los feriantes y que tenía unas literas para el personal en forma de colmenas, al estilo de algunos hoteles de Tokio.

La caravana apareció en Balaídos y la gente que había por el barrio acudió toda al reclamo del sello del Canal+ estampado en la caja de aquellos camiones negros y se agrupó alrededor con signos de excitación, como si fueran a apearse los Rolling Stones y no los operarios de un canal de televisión. Para encontrar a Adrián tuve que abrirme paso y como él tenía que ponerse con el montaje y los preparativos de la retransmisión solo tuvo tiempo de enseñarme el camión-hotel y después de eso nos citamos por la tarde, para que me colase al campo.

Media hora antes del partido nos encontramos en una de las puertas del estadio y me colgó al cuello una especie de credencial de prensa con el anagrama del Canal+ y el nombre Amadeo García escrito, que Adrián dijo que era inventado.

– Si pongo tu nombre y aparece la inspección de trabajo en el estadio podemos tener problemas. Si pongo el mío o el de alguien de la empresa y te pillan con la tarjeta los problemas podrías tenerlos tú -dijo. Adrián hablaba con la rutina del que hacía esto mismo todos los domingos en el campo al que lo mandasen.

– Busca un sitio en la grada que hay detrás de los banquillos y no te muevas de allí -me dijo. Yo obedecí y encontré un asiento vacío cinco o seis filas encima de la rasante del campo junto a un niño y un señor que lo acompañaba y que por edad me pareció su abuelo. Llevaba bien a la vista mi credencial del Canal+ y noté que casi todo el mundo me miraba y yo al principio supuse que era por el prestigio del Canal+, que estaba de moda, pero después de un rato empecé a pensar que tal vez se fijaban porque aquella gente con experiencia de abonados del club se había dado cuenta de que yo estaba allí colado y con una identidad falsa. Todo eso de la inspección de trabajo y la orden de no moverme del asiento me inquietaba y para cuando el partido empezó yo me sentía ya descubierto y resignado a salir del estadio a empujones o hasta detenido. Sólo después de un rato, como nadie vino por mí, le quité hierro al asunto y relajé algo la tensión y en una de esas me llevé las manos a la cabeza por un fallo del delantero del Celta y debí decir algo y entonces el niño que tenía al lado me preguntó:

– De verdad eres del canal plus?

Me vino sudor frío y el principio de un retortijón.

– Cómo, qué dices? -. Aunque lo había entendido muy bien, pregunté por ganar tiempo y controlar un poco las vías de escape a la carrera.

– Que si eres del canal plus -dijo.

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El niño estaba muy bien peinado, con alguna clase de fijador, y escondía las manos debajo de los muslos. Pensé en la inspección de trabajo y en la policía y en un ejército de niños soplones adiestrados para oler el miedo, como los perros, dispersos por la grada para dar con la gente sin entrada o con empleados sin contrato.

– Claro que soy, no ves la tarjeta?

Le acerqué la tarjeta a la nariz.

– Y por qué vas con el Celta, yo pensaba que erais neutrales.

– Bueno… solemos animar algo al equipo del estadio al que vamos, el que sea, es que si no es un poco aburrido.

– Te llamas Amadeo?

– Sí… Amadeo, sí.

– Y por qué estás aquí y no con los periodistas.

En aquel momento tomé la decisión de acabar con aquello y entregarme al niño para que me entregase él a la seguridad del campo, no sin felicitarlo por su habilidad y sus técnicas, y cuando estaba a punto de hacerlo se levantó un tipo que estaba dos filas más abajo, delante de nosotros, y empezó a insultar a voz en grito al entrenador de Sporting de Gijón, que era el equipo visitante, y que estaba muy cerca debajo de nuestra grada, tan cerca como para que el aludido lo escuchase sin dificultad. Era la tercera o cuarta vez en lo que llevábamos de partido que aquel tipo se revolvía en insultos contra el entrenador del Sporting, como si tuviera con él algo pendiente.

– Preciado, cabrón!, Preciado, hijoputa! Preciado tus cuernos! Preciado tus muertos! Preciado jódete! y así sin parar. Preciado, que era un tipo asturiano que caía bien y que tenía el aspecto de un liberado del sindicato minero, ni siquiera hacía ademán de girar la cabeza. En fútbol no está permitido al entrenador que se dé la vuelta y haga callar a un tipo como aquel con dos hostias o tres bien dadas y entonces, cuando iba a reconocer yo mis culpas y ponerme en manos del niño, tuve uno de esos impulsos de último segundo, como de supervivencia, y me puse de pie casi sin pensar.

– Eh, tú! – le grité a aquel tipo.

El otro se volvió y me miró con  cara de aturdido por la sorpresa.

– Tú, sí, tú! Quieres dejar de insultar de una puñetera vez? O es que no ves que hay niños viendo el partido? Dónde coño te crees que estás! -.

El hombre estaba a punto de salir del desconcierto que le causé y yo temí algo muy malo porque se lo veía más fuerte que yo y seguramente estaba más curtido en esta clase de conflictos y entonces agarré la credencial del Canal+ que llevaba colgada y se la mostré con decisión.

– Ves esto? Lo ves? Soy del canal plus y como no te calles ahora mismo mañana sales en la televisión y verás la vergüenza que te va a dar que te vea todo el mundo, que te estamos grabando! -.

El Canal+ tenía una sección en su programa de los lunes, el que repasaba la jornada de fútbol, en la que solían aparecer curiosidades que sucedían en la grada, de esas que no se ven en las retransmisiones y aquel programa era muy popular y lo veía todo el mundo porque era en abierto y aquel tipo seguro que también lo veia porque volvió a su desconcierto, balbuceó algo y se sentó y ya no volvió a levantarse más.

Al sentarme yo las piernas me temblaban. Noté que el niño se me arrimó un poco, lo justo para que pareciese ante los demás que había venido al estadio conmigo y no con su abuelo. Cuando el partido terminó me descolgué la tarjeta y se la ofrecí.

– Toma, para ti, yo ya no la necesito. Me dan una en cada partido -le dije.

Al niño los ojos le brillaron. Le ofrecí la mano y me despedí de él aliviado, un poco como esos detenidos por una mala noche que salen del calabozo por la mañana arrepentidos y dando las gracias al comisario. Después corrió con su abuelo.

– Mira abuelo!- le escuché decir – el señor del canal plus me ha dado su carné.

El abuelo me miró.

– Así que del canal plus, no?

 

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