Jardín de infancia

Santiaguito hablaba de una manera teatral. Arrastraba algunas sílabas y cambiaba los acentos de lugar y su cadencia resultaba tan contagiosa que en las reuniones del comité de la juventud socialista, con que Santiaguito tomara dos o tres veces la palabra, todo el mundo salía de allí hablando como él, cambiando los mismos acentos y estirando las mismas sílabas, sonando todos igual.

Una tarde, después de una de aquellas reuniones, en el autobús apareció Rosa. Con Rosa, que era tres años mayor, yo había querido relacionarme y solo conseguí un par citas de las de tomar café y todo lo demás, lo que yo buscaba en realidad, tuve que conformarme con imaginarlo. Rosa se sentó a mi lado y antes que yo dijese nada ella habló y contó que acababa de emplearse en un jardín de infancia.

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Autobús escolar. Brooklyn. Diciembre 2017. Fotografía del autor.

Es un jardín de infancia muy avanzado, dijo, hacemos que los niños se comporten como adultos pero sin que se den cuenta. Aclaró que con lo de adultos no se refería a ponerles corbata a los bebés. Se trata de roles, entiendes?, dijo, y después explicó algunos de los métodos que utilizaban para conseguirlo, que también eran muy avanzados, y yo supongo que estuve de acuerdo con ella y con su jardín de infancia y en general con la pedagogía infantil avanzada y progresista y cuando intentaba decírselo me interrumpió en la tercera frase.

– Tú no hablabas así antes, no? -dijo.

Yo hablaba con los arrastres y la prosodia de Santiaguito, porque una vez que la cogías no se te iba hasta el día siguiente.

– Tengo un amigo de Noia que habla así como tú y ahora me recuerdas mogollón -dijo.

De Noia y que hablase como yo hablaba en aquel momento solo podía haber uno.

– De Noia… – dije yo-, no será uno que se llama Luis, que no es muy alto y tiene el pelo así y anda siempre vestido con un guardapolvo y está en primero de Derecho.

– Sí, hostia, tío, sí, es ese, Luis, cómo lo sabes! -dijo ella

Aquel tipo, Luis, era un inseparable de Santiaguito que también se había matriculado en la Facultad de Derecho, y a Santiaguito lo seguía a todas partes y a fuerza de estar todo el rato con él la identidad expresiva y de tono en su caso resultaba extrema y permanente y ya no se le iba ni siquiera después de dormir. Los dos eran como hermanos de habla, o de dicción, y no era raro que sus conversaciones se limitasen a veces a decir la misma cosa primero uno, casi siempre Santiaguito, y luego el otro y a reírsela también el uno al otro con reciprocidad e igualdad sonora. Santiaguito a Luis solía colarlo en las reuniones de la juventud socialista ‘con carácter de oyente’, como decía, porque el otro no tenía carnet ni afición por el socialismo juvenil y solo se sabía de él que era de Noia.

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Rincón del escritor en la guerra fría. Submarino nuclear Growler. Fotografía del autor.

Pensé que tal vez este Luis había conseguido relacionarse con Rosa y eso me dolió y quise dejarlo en mal lugar y también aprovechar el efecto de haberlo identificado delante de ella tan fácilmente, porque me pareció que con esa habilidad a Rosa la había deslumbrado. Es que anda siempre con uno que conocemos los dos y que habla de una manera que Luis lo copia y ya no sabe hablar de otra forma, le dije, ya ves. Yo a veces un poco también, pero solo por divertirme, por eso lo has notado y mañana por la tarde si quieres al salir del chollo si tal podemos tomar un café en el Galo, me interesan mucho los jardines de infancia. Esta última frase, la de los jardines, quise pronunciarla con mi entonación natural, pero fracasé al esforzarme y el efecto resultó estrepitoso y justo el contrario, como le pasa a esos tipos que por no hacer ruido de madrugada al entrar en casa caminan de puntillas y van derribándolo todo con el codo.

El autobús empezó a frenar para la parada de Rosa.

– Qué mal, no? Qué poca personalidad -dijo-. La gente que habla como otra persona es porque tiene muy poca personalidad -se había levantado y agarraba la barra en la que había pulsado para advertir al conductor-, a mí no me mola nada la gente con tan poca personalidad.

Nunca supe si se refería a Luis, a mí o a los dos.

Antes de apearse me miró y aún dijo algo más con la palabra personalidad, o a mí me lo pareció, y después, con un pie fuera del autobús, habló hacia la calle.

– En el Galo no hay café -.

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