El sello del Racing

A finales de mayo del ochenta y nueve la juventud socialista convocó el comité federal en un hotel de Bilbao. Los de nuestra agrupación enviamos a Bilbao a uno al que llamábamos Santiaguito porque a mí, que era al que tocaba ir, me lo prohibieron en casa porque la selectividad estaba próxima y además mamá pensaba que había riesgo de bombas.

Santiaguito no tenía esa clase de problemas porque ya era universitario y además muy absentista y desentendido de los exámenes. También era pudiente de familia y por eso, aunque el comité duró la mañana de un sábado, él aún tardó cinco o seis días en regresar de Bilbao y cuando apareció en la agrupación cargaba una maleta llena del merchandaisin y parafernalia de los abertzales porque, por lo visto, se había dedicado a merodear por los ambientes radicales y debió ponerse a confraternizar o a hacerse pasar por cualquiera sabe qué, con tanto éxito que lo agasajaron invitándolo a beber y con toda clase de soportes propagandísticos favorables a la ETA, encendedores, camisetas, naipes, pañuelos, chapas y hasta muñequeras de las que se usaban para jugar pelota a mano abierta en los frontones.

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Santiaguito tenía el carisma de los universitarios absentistas pero con gafas y además coche propio, y se vestía siempre muy correcto y con americana y el pelo lo trabajaba con productos porque le formaba sortijas al crecer y siempre lo llevaba brillante.

Un noche lo traje a casa a cenar y a mamá, que no tenía hijas, la encandiló comportándose como un yerno porque era muy hábil para ciertas cosas. Seguro que también se comportó como el yerno de los abertzales. Nadie encontró otra explicación.

– Es muy majo este chico amigo tuyo -dijo mamá-, no parece guerrista.

Santiaguito volcó lo que había en la maleta sobre la mesa en la que hacíamos las ejecutivas. Al principio mirábamos aquello sin atrevernos a tocar. En el reparto me tocaron pines de las gestoras proamnistía, pegatinas y carteles de la alternativa KAS y una de las muñequeras de pelota que tenía escrito algo que debía ser un alegato por los presos porque podía leerse la palabra presoak entre otras incomprensibles, y yo lo agradecí mucho porque entonces solía practicar tenis en el club de nuestra urbanización y la muñequera me venía muy bien. Las camisetas, que era lo preferido por todos, se las quedaron Santiaguito y el secretario general de la agrupación y lo aceptamos sin rechistar por jerarquía y disciplina de partido.

Anduve algunos días con un pin con el anagrama de las gestoras ensartado en el polo. Era como llevar el escudo del Racing de Avellaneda argentino porque nadie lo reconocía y al que preguntó qué era aquello preferí no decirle la verdad. Después de la selectividad decidí deshacerme de las pegatinas y de las chapitas y una tarde me presenté en la Casa das Crechas a entregarlo todo vestido con un pantalón corto de los de pinzas y mocasines de suela y listo para el veraneo. En las Crechas había una hucha por los presos vascos al final de la barra y también había carteles con leyendas en euskera estampadas sobre imágenes de la policía antidisturbios.

Llamé el camarero.

– Toma, tío -. Descargué lo que llevaba sobre el mostrador. Algunas personas se volvieron a mirarme y entonces me sentí importante.

– Hostia, gracias, tío, ya se lo paso a mi jefe en cuanto venga -.

Eso fue todo. Recorrí la barra entera hacia la salida del local caminando despacio y tipos con el aspecto que tendría el montador de escenarios de La Polla Records me ofrecieron la mano y después sacudieron el puño por encima de la cabeza en señal de camaradería. Yo también lo sacudí un par de veces, levantándolo mucho.

 

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