El grito

El viernes bajo a comer a una trattoria que hay muy cerca de mi oficina. El dueño me conoce de otras veces. Me llama caballero y me trata de un modo obsequioso. No hay nadie en el comedor cuando llego y el dueño se lamenta, aunque más tarde aparecerán comensales y salvará el día.

Me hago servir raviolis rellenos de espinacas con un emplasto de tres o cuatro quesos. El dueño ha metido la cabeza entre el marco y la hoja de la puerta de la cocina. Llega de ahí un jaleo de voces aunque las palabras apenas las entiendo.

Pienso en todos los cuchillos que hay a mano y en lo peligroso que es discutir en un sitio así. El dueño sigue con la cabeza como ofrecida dentro de la cocina y con el cuerpo en el comedor. Trata de rebatir a alguien al otro lado de esa puerta. Si las cosas siguen subiendo de tono corre el riesgo de que le arrojen desde dentro de la cocina cualquier cosa para hacer diana como en una atracción de feria o aún peor, de que de una patada bien tirada a la puerta lo decapiten allí mismo, delante de mi plato de raviolis.

MunchPienso en la cocinera a la que antes he visto sacar los raviolis de la cocina y que ahora discute con el dueño aunque no consigo entender qué dice. Seguro que tiene hijos de corta edad con los que no puede comer ni tampoco cenar y que vive con angustia porque no puede fallar ni enfermar un solo día porque los trabajos hoy se pierden por mucho menos que eso y ella necesita ese trabajo para que sus hijos puedan vestirse y tener juguetes, porque en casa de la cocinera no hay marido ni más sueldo que el suyo; tal vez le haya pedido al dueño salir algo antes porque el hijo más pequeño tiene fiebre y está a cargo de una vecina que empieza su turno diez minutos antes de que la cocinera termine el suyo y por eso su voz suena en mi cabeza como sonaría el grito de Edvard Munch. Encadeno toda clase de pensamientos contra la libertad de empresa y la propiedad privada. El capital es tóxico. Lo dice John Lanchester. La esclavitud ya no se aborrece. Se desea, porque hoy la esclavitud es una suerte o un premio y para eso tanto día de la clase obrera. El capital sabe que has aceptado el contrato basura y que vas a aceptar el contrato detritus y que aceptarás lo que quiera que aceptes porque el capital es tóxico, ya lo dice John Lanchester. He empezado a masajearme la frente con la mano y a respirar intensamente por la nariz. El capital es tóxico y el dueño sigue dándome la espalda y seguro que a la cocinera no la dejará salir y que la fiebre de su hijo le importa lo mismo que un rabanito.

Sopeso levantarme y guillotinarlo yo al dueño dando una patada a la puerta. Ya dice papá que no puede haber justicia social si no rueda al menos una cabeza, aunque lo pienso mejor y al final me decido por pinchar un ravioli y lanzárselo al dueño haciendo una catapulta con el tenedor. Por no saber calcular la fuerza ni la trayectoria el ravioli impacta en el techo, casi encima de mí, y deja un pegote del emplasto de tres o cuatro quesos.

Aún no han llegado los comensales con los que el dueño salvará el día y por eso nadie ha visto volar el ravioli aunque justo en ese momento el dueño recula y saca la cabeza de la cocina y yo temo que venga y agarre mi nuca y restriegue mi cara en el emplasto por andar ensuciando el techo. En realidad el dueño ha reculado para dejar paso a la cocinera, que sale tras él como acometiéndolo con uno de esos diarios deportivos en los que predomina el color rojo y que son como el opio. La escucho hablarle al dueño con voz muy alta. La cocinera defiende a gritos a un jugador de fútbol muy famoso al que pagan diez millones de euros como sueldo y al que la policía ha grabado chantajeando a otro jugador para sacarle cien mil. Por lo que escucho, el dueño cree que es cierto lo que se dice. Cómo va a hacer eso por cien mil euros de mierda dice la cocinera. Ni siquiera yo lo haría por cien mil euros, vuelve a decir. Yo un chantaje no se lo hago a nadie por menos de un millón. El dueño, al que he estado a punto de despiezar o de estropearle camisa, se tiene por perdedor de la discusión y al final acepta que de trescientos mil para abajo el chantaje no compensa. El capital causa estragos.

La mancha de emplasto de tres o cuatro quesos en el techo amarillea muy rápidamente. Recordé la cara de un tipo con el que un día me crucé y que descuartizó a otros dos por un asunto de trescientos euros. El capital es tóxico.

3 comentarios sobre “El grito

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  1. Sin duda, queda demostrado que el capital es tóxico pero no entendí completamente el conjunto a no ser que quede mal parada la cocinera,,,

    1. Este texto ha resultado un tanto fallido en su conjunto, por algunos comentarios que me han hecho. He tratado de dejar mal a la cocinera, efectivamente. El comensal se representa un hondo problema laboral donde lo que hay en realidad es una discusión por las noticias del Marca, que es uno de esos diarios deportivos que utilizan el rojo y que son como el opio; en la discusión, además, la cocinera defiende a un futbolista que no deja de ser un niñato supermillonario que conduce Ferraris y además delinque. El comensal libra una causa, solo mental, más bien noble por quien, en ese momento, en realidad no parecía merecerlo.

      Al final todo esto es culpa de Buñuel y su película Viridiana. Lo comentaremos personalmente.

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