Música para viento

Hoy he visto por televisión la ceremonia de jura de los ministros del nuevo gobierno. Es un acto con el que todo el mundo está muy familiarizado ya, porque la prensa gráfica siempre cubre las juras con profusión de detalles y después les saca partido como espectáculo y producto de telerrealidad. Hay que caminar unos metros hasta un aparador en el que hay un ejemplar de la Constitución, de gran formato, de los que parece que haya caligrafiado un amanuense. A veces también hay una Biblia, mayor incluso que la Constitución. Hay que apoyar la mano, la palma, algunos dedos, por lo menos uno, a poder ser sobre el libro, o sobre los libros, tocándolo, como si fuese una toma de tierra, y si no es sobre el libro, al menos sobre el mueble aparador, y pronunciar votos, en alta voz, de lealtad al Rey, que está allí mismo, a un brazo de distancia del recipiendario, a la Constitución y al secreto de las reuniones, de acuerdo siempre con la propia conciencia y honor, y según una fórmula literaria que está anotada en una cuartilla más o menos disimulada en la escena pero bien a la vista.

Juramento con la punta de los dedos sobre los libros

Un día yo también tuve que hacer una de esas juras, cuando me di de alta en el Colegio de abogados. Nunca entendí cómo era que para iniciarse uno en una profesión liberal hiciese falta un ritual como ese, que fue ideado para quienes se integran en cualquier grado en la estructura del Estado. No era mi caso. Al Decano que había entonces la jura le parecía el acto más importante en la vida del abogado, y mucho más importante, en lo que hace a formalidades y burocracia, que todo lo demás que fuese preciso para poder ejercer, lo que incluía el título de licenciado, el alta censal, la seguridad social o los seguros. Tanto así era que en su discurso de bienvenida, el Decano, que hacía el papel de Rey, lo primero que hizo fue amenazar solemnemente a los juramentados con expulsarnos de la institución colegial -‘seríais automáticamente expulsados’, dijo- si no hubiésemos comparecido al acto de jura, una forma de retroamenaza, imposible en sus términos porque nadie de los que estábamos había optado por no estar y además la promesa la habíamos formulado ya y no había expulsión posible.

En general a los ministros se los trata mejor en los juramentos y promesas que a los subalternos. Para empezar tienen al Rey allí a cargo de todo, que es lo correcto por tratarse, por delante de otros, de un compromiso con él. Si no se presentan el día de la jura, por el motivo que sea, el Rey los cita otro día y ya está, no los expulsan como a los abogados ni se les dirigen admoniciones. Además su fórmula es de las más sencillas. En la mía, además de prometer lealtad al Rey -entonces era otro, que ni estaba presente ni tampoco me conocía-, y a la Constitución, tuve que ofrecerla al Estatuto de Autonomía, al de la abogacía y a los derechos de los ciudadanos, que aunque estuviesen recogidos en la Constitución, como era una jura de letrados y los derechos vienen a ser nuestro leitmotiv, había que nombrarlos separadamente sin importar que incurriésemos en redundancia.

Juramento sobre la mesita

Con todo, y aunque los abogados estemos en desventaja en relación con los ministros, a muchos otros se los trata peor que a los abogados a la hora de jurar, porque el juramento oficial se ensancha a medida que el escalafón profesional desciende. La toma de posesión de uno de los conserjes de la red de escuelas infantiles municipales de mi ciudad, que conocí por estar el acta incorporada en el expediente de un litigio en que intervine, incluía, además de las leales adhesiones comunes al Rey y la Constitución, reverencia al Estatuto de Autonomía, a la legislación de régimen local, al estatuto básico del empleado público y sus principios, al convenio colectivo para el personal laboral del Ayuntamiento y al acuerdo de condiciones de trabajo del personal funcionario, aunque uno de los dos últimos no le fuese de aplicación porque o se es personal laboral o se es personal funcionario. El acta con la fórmula, en la que figuraba al pie la firma del trabajador, ocupaba escrita un folio entero. Dos veces lo mío y cuatro o cinco veces lo de un ministro. Cuando la leí no pude evitar silabearla y marcar con lápiz unas pausas de respiración, como se hace con la música escrita para instrumento de viento.

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