El sobresaliente (La vista II)

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Sala del Tribunal Supremo

La vista de septiembre me tuvo algo intranquilo. El Supremo no es un lugar que los abogados frecuentemos porque la mayoría de los recursos de casación se resuelven sin necesidad de comparecer y además se admiten cada vez menos recursos. Es raro estar familiarizado con el Tribunal Supremo. Por eso, cuando a uno lo avisan de que en su recurso se ha convocado vista oral, cierta inquietud es normal.

Después de la gira que hicimos los estudiantes de último curso aún estuve otra vez en el Supremo. Aquella ocasión, la segunda, fue como de transición entre el día de la excursión y mi vista de septiembre, un estadio intermedio entre las dos, porque aunque es cierto que también estuve de observador, como la primera vez, en esta siguiente se trató ya de una observación como de alto nivel, instalado en estrados y no con el público, y provisto de toga, agua mineral y hasta micrófono. Solo faltó la voz.

Todo eso se explica porque en aquella vista mi papel fue como de sobresaliente, de segundo letrado. Sobresalientes hay en la tauromaquia, ya se sabe, pero no en el mundo de los tribunales. No hay un letrado suplente por si el que toma la palabra la pierde por un infarto o cualquier otra contingencia. No sé por qué nadie ha previsto algo así. Yo haría un buen sobresaliente. Solo necesito que me den las notas de la vista y diez minutos para leerlas y hacer mis destaques y marcar las inflexiones. Después, en la Sala, si el abogado titular cae fulminado yo podría terminar el alegato y quién sabe si mejorarlo con aportaciones propias. Cualquier tribunal lo agradecería, porque en otro caso, con el letrado fuera de juego, la vista habría que suspenderla, y eso resulta siempre muy engorroso por cuestiones de agenda y porque hay que reproducir trámites y citaciones para celebrarla otra vez con nuevo letrado o con el que había, esto último en caso de que se encuentre recuperado y en condiciones.

Aquel día en el Supremo podría haberlo hecho, de sobresaliente, porque era un recurso de casación en el que habíamos colaborado varios, como en equipo, y aunque la defensa en la vista le correspondió a otro, yo estaba al tanto de todo y tenía hasta mis propias notas. Pero no. Simplemente estuve como abogado acompañante, por eso precisamente, porque durante todo el proceso, y también en la preparación del recurso de casación, unos cuantos trabajamos juntos por ser un asunto complejo y muy voluminoso. Además el Tribunal Supremo no pone pegas a que comparezcan dos o tres a ocupar escaño representando a la misma parte, me di cuenta estando allí, porque hacen bulto en la Sala, que es noble de materiales y artesanía pero muy grande, y como hay muchos asientos para oradores, cuando apenas se cubren el conjunto se ve desangelado.

Me vino bien haber ido aquella vez. Como no iba a abrir la boca más que para el saludo, la víspera me permití un gin-tonic en el bar del hotel después de cenar y por la mañana abusé del buffet del desayuno. En el Supremo había buen ambiente y cola para pasar los controles. La vista venía de un asunto que no era cualquier asunto, sino uno del que se habló mucho, durante años, en el que había recursos cruzados, muchas partes actuando y un juicio previo que había durado meses y nos conocíamos todos bastante.

En la puerta de la Sala muchos letrados hacían gestos de fraternidad y se fotografiaban porque para casi todos era la primera vez en el Supremo, no siendo por turismo como era mi caso. Tomaban fotografías unos a otros y también a sí mismos, selfies, algunos en ángulos o posiciones extrañas tratando de captar en la foto, detrás de la propia cara, el empaque del lugar. Yo, como no tenía participación y me encontraba bastante liberado de tensiones, viendo las dificultades que tenían, ayudé lo que pude.

Entramos todos llamados por orden y haciendo paseíllo. Los sobresalientes también hacen el paseíllo. Después ocupé lugar en el estrado junto al abogado que intervendría en nuestro nombre. Por ser ese sitio, el mío, contiguo al suyo pero hacia el exterior, mi presencia interfería la visión desde el público y por los reporteros gráficos, y en algunas de las fotografías que publicaron los diarios del día siguiente a mí se me veía muy bien y reconocible y a él, por ocultarlo yo, prácticamente nada.

El señor Marchena, que presidía, dio la bienvenida a todos y dirigió a los concurridos tres o cuatro observaciones sobre la naturaleza del acto, su finalidad y su forma. Después, el último septiembre, cuando tuve mi vista, las agradecí mucho.

Continuará.

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