La vista (I)

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Encrucijada en el bajo Manhattan. Fotografía del autor

En septiembre tuve una vista en el Tribunal Supremo. En el Supremo había estado antes, pero solo un par de veces. La primera en los noventa, en el último curso de la carrera, en un tour de dos días por instituciones de la justicia y altos tribunales. El Constitucional, el Supremo, la Audiencia Nacional.

En la Audiencia Nacional, el día de nuestra visita, había sesión de un juicio contra narcos de las Rías Baixas y como éramos gallegos nuestra presencia en el público fue saludada por el magistrado que presidía con desconfianza y haciendo referencias al marisco, supongo que porque no podía hacerlas a la droga, para evitar ser tenido por parcial y recusado allí mismo. Aquella jornada se escucharon en el juicio grabaciones de teléfonos pinchados, y yo recuerdo bien una conversación muy parecida, si no igual, a esta que sigue.

Síii?

– Xa acabache con iso?

– Con que?

– Con iso

– Con iso?

– Si, con iso

– Acabei, si. Chegho pa comer

– Téñoche macarróns

– Macarróns non quero, o que teño é ghana de comerche aí, que levo catro días fora

– De comer o que, oh?

– Os fuciños e na pataca toda, me cagho en dios

– Has comer, oh. Oíche, á que veñas hai que coller tomate no súper, que quedamos sen nada.

– Non sei se darei aghuantado, que levo moita fame de dios, da que ti sabes

– Páraste no súper, oíche, páraste no súper antes das dúas e colles unha lata de medio kilo.  Non me veñas sin o tomate que non comes.

El fiscal escuchaba el audio y con la cabeza le iba poniendo comillas a lo que le parecía sospechoso de lenguaje críptico y medio cifrado. ‘Iso‘, ‘macarróns‘, ‘‘, ‘pataca‘, y aún más, supongo, ‘tomate‘, ‘súper‘ y sobre todo ‘medio kilo‘. Después le preguntó al tipo, que estaba allí de acusado con otros diez o doce, por los significados verdaderos de todo eso y si no era más cierto que de lo que se trataba era de reportar información y de recibir instrucciones de la organización. Al fiscal el tipo le contestó que él no era el de la grabación y después al abogado que lo defendía le repitió que no era él, pero que si fuese, a él le parecía que comprar tomate en lata y encamarse con la mujer todavía no eran delitos.

Comimos pinchos de tortilla y bocadillos al mediodía en el bar El Supremo, que estaba justo enfrente del Supremo de verdad, porque por la tarde nos recibirían a los excursionistas en el Consejo General del Poder Judicial, que era el edificio contiguo al del bar. En el Consejo había algo así como vocal de jornada, uno de guardia para atender las visitas del día. Nuestro vocal de turno era un señor de Córdoba que se llamaba Rafael, un tipo ya mayor, abogado, que había ganado la vocalía en el Consejo por el cupo de Izquierda Unida. Rafael fumaba un puro porque entonces aún se podía. Sois gallegos? Qué bonita Galicia. A ver si adivino… de Ferrol? Hay gente que cree que todos los gallegos somos de Ferrol, lo mismo que hay gente que piensa que todos los cordobeses se llaman Rafael. A mí me pasa. Que se llaman Rafael y son de echar la tarde en el casino aunque sean comunistas. El vocal nos enseñó las instalaciones del Consejo, el salón de plenos, que parecía más una simple sala de juntas, y algunos despachos, y al despedirnos, en la puerta, ya muy confiado y entre los dos policías que custodiaban la entrada, Rafael nos arengó con un discurso en el que cargó contra la figura del juez estrella, que entonces era el juez Garzón, que al gobierno socialista lo tenía cogido por las pelotas. Nosotros, que lo escuchábamos desde la acera, rompimos a aplaudir.

En el Tribunal Supremo, al día siguiente, asistimos a un par de vistas de casación civil que aquí resultan irreproducibles por poco interesantes y por la tarde hicimos la última parada en el Tribunal Constitucional. Nos acogió Francisco Caamaño, que era paisano nuestro y que en aquel tiempo hacía funciones de letrado o de técnico del tribunal. Caamaño hizo tan buena carrera que quince años después acabó nombrado Ministro de Justicia en otro gobierno socialista. Primero nos señaló en una vitrina un ejemplar de la Constitución de 1931 y unas gafas que habían sido de Julián Besteiro, que no se sabe cómo habían acabado allí. Nos guió después a un salón que exhibía las banderas de todas las Comunidades Autónomas, en un orden protocolario y calculado, y desde el estrado Caamaño disertó un rato sobre la jurisdicción constitucional. Hubo al final turno de intervenciones y entonces yo, llevado por mi olfato para reconocer posibles ministros a medio y largo plazo, levanté la mano y formulé una cuestión, más que nada por empezar a estrechar vínculos, la primera que se me ocurrió, sobre las indemnizaciones por daños causados por actos inconstitucionales y Caamaño, que debía tener un olfato parecido al mío pero referido a su persona, y se veía Ministro a largo plazo, se descolgó con un ‘me alegra que me hagas esa pregunta’, como si en lugar de plantearle una duda jurídica lo estuviese entrevistando. A lo que contestó después, la verdad, apenas presté atención.

Continuará.

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