Je suis un siffleur d’hymnes

El día que murió George Harrison un tipo empezó a faltarle delante de mí después de decirle yo que lo admiraba y que lo había llevado dibujado en la carpeta del colegio. Que si no valía como músico, que si había sido un plagiador, que si un tonto del hare krishna, que si los Rolling Stones no se qué y cosas así. Pensé primero en estrellar mi vaso en su frente, pero me iba a cortar en la mano y entonces me desmayaría por la sangre y en este estado él podría desquitarse muy fácilmente. Después sopesé dejar que siguiese hablando y yo hacer gestos de asentimiento y en ésas lanzar una patada entre sus dos huevos al despiste, pero para eso debería primero calentar y estirar un poco porque ya entonces estaba fuera de forma y una patada como ésa, tirada en frío, podía desgarrame el aductor, eso sin mencionar que el despiste que yo buscaba se diluiría con los ejercicios de calentamiento. Lamenté no haberme hecho policía porque entonces podría exhibir mi placa y reducirlo allí mismo contra el suelo, hincándole la rodilla donde las hincan los policías, y sacarlo esposado entre aplausos y vítores de los seguidores de Harrison que seguro había en el bar en que estábamos, aunque lo cierto es que todo sería más fácil si este tipo y los tipos como él tuviesen prohibido acceder a espacios con población porque así estos problemas se evitarían y no tendría yo que ocuparme en esta clase de planes. En todo esto fui pensando y al final creo que dije ‘tú mismo’, o algo parecido que en realidad fue decir nada, y busqué otro conversador.

Los derechos molestan cuando son fundamentales. A veces incluso joden mucho. Si no hay a quien joda el ejercicio de un derecho es que ese derecho no tiene el valor de fundamental. No se hacen huelgas en domingo. Tampoco manifestaciones en los arrabales. Es simple. Existen por eso pactos, cartas, tratados internacionales, constituciones y algunas otras normas más que proclaman los derechos fundamentales y tratan de garantizarlos. Garantizar un derecho fundamental viene a ser más o menos amparar a quien lo ejerce en lugar de perseguirlo o de amparar al perseguidor. Aplaudir el himno oficial no es un hecho que tenga que ver con la libertad de expresión. Pitar cuando suena es desconsiderado y falto de respeto con muchos otros ciudadanos, pero sí tiene que ver con la libertad de expresión, porque existe para eso, no para lo contrario. No era fácil ser Charlie Hebdo y aquí de repente lo fueron todos. Ser Charlie Hebdo no consiste en dibujar a Mahoma vestido de hombre bala del circo si a la vez se persigue a quienes no respetan los símbolos de nuestro Estado; no se trataba de que podamos denigrar lo que importa a los otros, sino de aceptar que pueda denigrarse lo que nos importa a nosotros.

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