Amigos

Una mañana varios de mis amigos me abordaron en la facultad. Mis amigos no eran existencialistas ni de ninguna otra corriente alternativa. Habían venido a decirme que yo era un buen tipo, incluso atractivo, pero que el existencialismo me estaba volviendo huraño y hacía que me enredase en cuestiones que debería resolver sin complicarme y como quien se toca la oreja. Admitieron que llegar a desentrañar las contradicciones del ser-en-sí debía ser la hostia, pero en la vida lo normal no era andar solucionando eso metido en una trenca, sino decidir si con el whisky querías dos hielos o tres y cosas así, y yo en ese terreno estaba empezando a fallar y nos estábamos distanciando.

En realidad mis amigos no lo dijeron de ese modo. De ese modo lo quise entender yo. Ellos economizaron el lenguaje al máximo y emplearon exactamente las palabras tú estás gilipollas, sin más. Yo me revolví en mi trenca y les dije que lo que pasaba es que a ellos sólo les preocupaba la marca de su reloj. Me equivoqué, porque en el desconcierto por mi golpe bajo todos empezamos a mirarnos las muñecas y los relojes y resultó que dos de mis amigos no usaban reloj y el otro se lo puso a medio palmo de los ojos y me dijo que la marca no se veía bien, que no sabía si ponía Lorus o Locus o Focus, y que lo mirase yo, porque era el que más entendía de marcas de relojes.

Crisis como aquélla solían solucionarse jugando a la pocha y tomando Drambuie y echando mano de los viejos tiempos, como si fuésemos gente en el ocaso de la vida, y esa vez no fue una excepción. Solo que esa vez cundió la sensación de que era imprescindible un golpe sobre la mesa.

Por eso aquella misma noche fuimos a O Grove y empezamos a jugar una pocha que debía durar no menos de treinta y seis horas, que fue el tiempo que habíamos calculado necesario para restañar nuestras fracturas internas al menos por un par de años. Una pocha que sólo se interrumpiría para ver películas de Kevin Costner, que era un tipo cuya presencia en la pantalla siempre nos unió bastante.

Nos bebimos el Drambuie, que tenía la virtud de nublar la vista y despejar el horizonte al mismo tiempo, jugamos la partida y vimos cinco o seis películas de Kevin Costner y yo a la segunda me levanté y grité que si a Truffaut le hubiesen dado opción habría escogido ser Kevin Costner y allí mismo me abrazaron primero a mí y luego todos con todos como si se hubiese marcado un gol.

Yo en el mundo del existencialismo no dije nada de ésto, porque era casi seguro que me echaban si se supiese. Pero un día me encaré con uno que me espetó que echar leche al café era algo discutible en el existencialismo y yo me acordé de lo de los dos o tres hielos y entonces le grité ¡Viva la OTAN!, que era lo más fuerte que se podía escuchar en una reunión existencialista y que sonó tan estentóreo que los demás primero callaron y luego empezaron a reír como si hubiese contado un chiste.

Yo dejé el existencialismo de allí a poco y cuando aún me cruzo con Kevin Costner en la televisión, siempre recuerdo aquel tiempo en el que aún podíamos con casi todo.

5 comentarios sobre “Amigos

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  1. Pues a mí, al igual que Francoise Truffaut, si me hubiese gustado ser Kevin Costner. El Sr. Costner, un día fue el guardaespaldas de una afamada reina del pop y yo no. El Sr. Costner, un día bailío y vivió entre lobos y yo no. El Sr. Costner, se atrevió a burlar a la CIA y yo no. El Sr. Costner se llevó por delante a la mujer de un narco y yo no. El Sr. Costner……………………….. El Sr. Costner lleva en la muñeca un Rolex, y yo……, y yo llevo un Viceroy. Entiendo a Truffaut como espero que me entiendas a mí.

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