Santa Eugenia

 

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W. Churchill era dado a pronunciar frases de frontispicio y también a la melancolía y a otros hábitos. En sus memorias escribió, tal vez bajo el influjo de uno o más whiskies de malta, que después del atentado de Sarajevo, en 1914, el mundo, en el borde mismo de su autodestrucción, era muy hermoso de ver.

Nosotros llegamos al barrio de Santa Eugenia dos o tres meses antes del golpe de Estado de 1981 y nos marchamos tres o cuatro meses después de la gran victoria de Felipe González. De haber estado allí, W. Churchill hubiera escrito que el barrio entonces, en los estertores de la transición, al borde de cualquier cosa, era tan hermoso de ver como un pincho de morcilla y una caña en el Lybra.

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Quique Peinado presentaba un programa de zapping en el canal de televisión La Sexta y es de izquierdas, mucho. Escribe sobre fútbol y la izquierda y su libro más conocido se titula Futbolistas de izquierdas, una síntesis perfecta de sus pasiones. Peinado también ha escrito un librito sobre el equipo Rayo Vallecano y el barrio de Vallecas para la colección Holligans Ilustrados de la editorial Libros del K.O. Sé que Peinado es de izquierdas, mucho, porque lo escribe en la primera página de su libro para que lo sepa la población no sea que, viéndolo como un indie exquisito, no llegue nunca a saberse que en el fondo es tan de izquierdas o más que David Fernández el de las CUP, que no necesita escribirlo en un libro porque que suele llevarlo en la camiseta y que presentó el libro de Peinado en Barcelona. Peinado, que es de Vallecas, escribe sobre el barrio de Santa Eugenia ‘especie de reserva de pijos Vallecanos, epítome del quiero y no puedo‘, con desprecio de nacido en el barrio de Salamanca.

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En la transición, que es eso en lo que estábamos cuando nació Peinado, lo mejor de Santa Eugenia era la morcilla del Lybra, lo segundo mejor la mugre del Lybra, que tenía el color de su morcilla y lo tercero los callos del Lybra; después el atraco semanal al Cajamadrid de nuestra calle, las revistas pornográficas del padre de Ruiz, la madre manchega de Galíndez en bata al pie del autocar, niños como los de Sergio Godinho, ainda sem dentes e já delinquentes, que daban el palo para quedarse nuestros cromos y el vecino de arriba, y su hermana melliza, y la abuela de los dos y las hostias que la hermana se llevaba de él cada noche con gran estrépito de gritos y objetos rompiéndose sobre nuestro piso de doscientos metros y puerta para el servicio.

La noche del golpe de Estado, cuando aún no pronunciabas la R, en nuestra casa de Santa Eugenia ví a mamá arrastrar el aparador del salón y esconder detrás un libro dedicado a papá por un ministro de la UCD que se declaraba socialdemócrata y también mi camisola del Rayo con el 9 de Morena cosido en la espalda, no fuera a haber registros que acabasen en sacas.

La verdad marxista, que al final  es la de todos, dice que a los que se revuelven contra los de su clase no se los perdona, Peinado, y aún menos si presentan telebasura. Por muy bien que escriban. Deberías saberlo.

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