La hostia

Al presidente le dieron ayer tarde una hostia en Pontevedra. Una buena hostia. Aunque existen palabras más o menos sinónimas y también recursos, elipsis o figuras que podría utilizar para no escribir hostia, hacerlo sería tramposo si no ridículo. Una hostia es exactamente eso que recibió el presidente, por qué nombrar otra cosa entonces. Una hostia perfecta, limpia, tirada con cartabón, preciosa como un estudio de Chopin.

El presidente andaba exhibiéndose por calles peatonales, confiado. Nada puede ocurrir en Pontevedra porque los mismos que votan por él para el gobierno votan al Bloque Nacionalista para la alcaldía y eso es el consenso puro. Nada puede ocurrirle a nadie en Pontevedra, pero al final a uno lo esperan donde menos lo espera uno.

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Fue un adolescente el creador de la hostia. Hizo después declaraciones que la prensa transcribió como ‘estoy muy contento’. Para las fotografías y el vídeo de su detención compuso con los dedos pulgares un gesto de triunfo. Hacedme un selfie con vuestras cámaras. Todo muy decepcionante porque llegados ahí qué menos que un grito contra la corrupción, los recortes, la pobreza, la desigualdad o la rescisión del contrato social. Al adolescente le han ido atribuyendo filiaciones e identidades que los periódicos más reaccionarios siempre han considerado sospechosas: hincha del Pontevedra CF, comunista, menor de edad; todas menos la de botarate, que además de ser la única verdadera, es la más bonita.

Una noche de verano en Pontevedra Rajoy me hizo un desplante después de tocarme un brazo. Yo tenía menos de 20 años y llevaba puesto un esmoquin. He escrito sobre lo que ocurrió y sobre mi resentimiento hacia él y hacia Garfunkel, su preferido. Aquella noche elegí desquitarme con DyC mezclado con cocacola y después he seguido desquitándome negándole el voto, aunque las cosas bien pudieron suceder de otro modo. Quiero decir que su desplante podía haberme cogido cruzado, o realmente bebido, y entonces podría haber sido yo el de la hostia, aunque también podría Rajoy habérmela devuelto con creces porque me sacaba cuerpo y medio y no creo que se anduviese con remilgos propios de un presidente del Gobierno porque el presidente era Felipe.

Yo entonces aún tenía carnet de la juventud socialista, el esmoquin alquilado y el dinero justo para beber nacional, que era como llamábamos al DyC. La prensa que atribuye identidades culparía a Felipe por mi hostia y a la juventud socialista la retrataría como a una falange de dobermanes. Aquella noche yo pude haber sido el Pijoaparte en el baile del Liceo pero no lo fuí, tal vez porque el Pijoaparte pierde y aunque no estoy seguro, creo que fue allí donde la lucha de clases empezó a pasar de mí.

6 comentarios sobre “La hostia

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  1. Me gusta mucho como escribes…y te sigo siempre que te localizó y puedo encontrarte en Facebook, cosa que hago con mucha dificultad, pero que mi PRIMA me lo creo recomendó, y que por muy complicado, que me llamen resulte a veces, siempre seguiré…
    Ahora no sé dónde dar para que llegue. Besos a todos.
    Voy a intentarlo

  2. Muy bueno Alex. Me he reído un rato con tu buena relación con el presidente, en funciones, y con ” la prensa que atribuye identidades” y con tantos detalles que me GUSTARON mucho.

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