Auguste Dupin

Personas forman cola para entrar al Metropolitan Museum de Nueva York. Febrero de 2016. Fotografía del autor.

Aquellos tipos eran cuatro y mayores que yo. Vestían de negro. En todos los colegios y en los institutos había siempre algunos que vestían de negro y se hacían notar solo por eso. Estos cuatro iban de negro porque eran punkis. Punkis pero no mucho. Cresta a veces, otras no, y anagramas y leyendas escritas en las cazadoras y en los pantalones ceñidos y con desgarros calculados. Punkies con buen expediente y muy dados a la creación. Escribían y pintaban, sobre todo pintaban, y tocaban música juntos. Música punki. Al acabar en el colegio los perdí de vista porque escogieron Cuenca para estudiar arte, porque en Cuenca había Facultades, escuelas de arte, museos y galerías y era algo así como la capital del arte abstracto español.

Que cómo he llegado hasta aquellos cuatro tantos años después, con sus caras ya borradas. Fue como sigue.

Hay un columnista ocasional de El País que ha publicado un libro. Lo supe por un podcast de literatura que a veces escucho en el coche y que me decidí a oír precisamente por haber visto el nombre del columnista en las notificaciones de la app. El libro, una novela con editora de mucho prestigio detrás, narra las aventuras de un hipster que cambia su vida de urbanita sofisticado en la ciudad por la vida en el campo, con idea de sublimarse él y redimir a la población local, y al final el campo lo acaba poniendo en su sitio, un argumento que me pareció muy poco original y nada atractivo.

Como el campo en el que se instala el hipster es campo aragonés, un pueblo inventado en Teruel, en la Sierra del Maestrazgo, el autor, aragonés también, se sirve de algunas referencias musicales de ese territorio en la construcción de la novela, una de ellas la canción Entre dos tierras, del grupo de rock Héroes del Silencio. En la entrevista el autor refiere que ese tema, después de todo, lleva en el título el conflicto interior de su personaje, porque el hipster de la novela anda precisamente entre dos tierras, la ciudad y el campo.

Semejante asociación de ideas hizo que me decidiese a dejar el podcast, pero justo a continuación la entrevista se detuvo y pincharon un fragmento de la canción de Héroes. Es un tema muy popular, con una introducción de guitarra con delay a la que se sobrepone una batería de las que gobiernan el conjunto desde el principio, de esas que animan a imaginar que es uno el que la está tocando en el escenario en medio de un fervor de público desatado

El podcast lo cancelé para poder escuchar el tema completo en Spotify, golpeándome el muslo con la mano libre del volante y viéndome de batería en plena actuación. Durante el tiempo que duró la reproducción recordé en primer lugar la única vez que yo manejé la batería en un grupo, un grupo formado para una sola actuación en un festival colegial, en el último curso; y en segundo lugar recordé a Elisa, que era hermana mayor de alguien de los de la banda, y que había venido a vernos, hablándonos del grupo de uno que había sido su novio, que formaba en el escenario con el batería delante, alineado con los demás músicos, por razones de equidad y justicia más que de sonido, para no discriminarlo ni restarle protagonismo poniéndolo atrás como hacían todos los grupos, empezando por el nuestro.

Aquel grupo, lo supimos justo después, era el de aquellos cuatro, que para entonces llevaban instalados en Cuenca un par de años. Casi nadie los había visto actuar. Yo tampoco. El novio de Elisa hacía de cantante. Y quién era el de la batería, le pregunté. El rubio, dijo. El rubio era el que mejor se afilaba la cresta y también el que mejor pintaba. Reproducía con óleos y un alto grado de perfección algunas obras y motivos icónicos del arte pop y sus cuadros llamaban siempre la atención en las exposiciones anuales del colegio, que es donde yo los pude ver.

Mientras conducía, me lo representé tocando él la batería del tema de Héroes, encarado al público en primera línea del escenario, escoltado por los otros, antes de coger todos un autocar hacia Cuenca para entregarse de lleno al arte abstracto.

Auguste Dupin, el personaje de Poe, precursor de Sherlock Holmes en la aplicación del pensamiento deductivo, seguramente hubiese desentrañado la cadena que conduce por el tiempo de Teruel a Cuenca o de Cuenca a Teruel. De haber llegado antes, podríamos haber patentado la España vacía.

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