La leche puta (notas necrológicas con Artie Shaw de fondo).

Dibujo con tinta del escritor Josep Pla. Por el autor.
Dibujo a tinta del escritor Josep Pla. Por el autor.

Los periódicos dedican casi todos los días algo de espacio para identificar con nombre y fotografía a algunos de los fallecidos por el coronavirus. A veces son personas muy conocidas del público, otras no tanto. A la mayoría nadie los identifica no siendo de la familia o del trabajo.

Cuando la muerte sobreviene así, colectiva, siempre hay quien está dispuesto a ponerle nombre y cara a los que mueren, y también historia si hay sitio en el periódico, porque dejen de ser un dato, una cifra, porque las cifras por lo visto son frías, o esa es la coartada. Algunas veces detrás del empeño no hay buena intención. Otras sí. Además las cifras no son frías. Si acaso son frías o son calientes, según. Se parecen en eso a las fotografías. Cien personas que pierden la vida el mismo día fue un número terrible en marzo y en abril, cuando se alcance, será casi un alivio.

La muerte por coronavirus ni siquiera es una cifra auténtica porque los que participan en el registro de los casos no se ponen de acuerdo sobre a quién incluír y a quién no, pero al final son tantos que más que un hecho colectivo parece un hecho general. Los diarios seleccionan algunos fallecidos y los agrupan por sectores de actividad, por vecindario, por notoriedad, incluso. Los sanitarios, los policías, los vecinos ilustres de tal o cual barrio, los célebres, los que murieron antes. Yo, que tiendo a pasar de largo sobre el lado humano de las noticias, me he encontrado ya con dos conocidos en esos obituarios.

La primera fue una vecina de mesa en el restaurante del Tránsito de los Gramáticos al que suelo ir a comer uno o dos días cada semana. Murió al principio, con la primera declaración de estado de alarma. El coronavirus la fulminó en su casa, confinada en una de las habitaciones. Supe por la crónica que aquella mujer, que yo creía coreana por la forma de sus ojos, era en realidad japonesa y llevaba años asentada en la ciudad. Había empezado con su propio restaurante y acabó ejerciendo una especie de consulado informal del Japón, gracias al cual había ganado muchos contactos y relaciones, sobre todo entre la gente dedicada al turismo y la promoción, que en un lugar como Santiago son muchos.

Al segundo lo he reconocido hoy entre un grupo escogido de coruñeses muertos por la pandemia, un Procurador ya jubilado, con el que varias veces coincidí en los Juzgados, que me hacía llevar recuerdos de su parte para un amigo común de Santiago. La nota del periódico era breve pero muy cursi, nada que ver con la de la otra mujer; empleaba expresiones del tipo ‘genio y figura’ o ‘señor y maestro de vida y bondad’, que por más verdad que fuesen, que lo serían sin duda, son propias de otro tiempo necrológico. Hasta un pensamiento sabio se le atribuye, por cargarlo de virtudes, un proverbio propio, una frase de frontispicio como las de Marco Aurelio o Churchill, que por lo visto repetía a sus allegados: la suerte no perdura, ni la buena ni la mala.

Llevado por el tono de la necrológica del Procurador curioseé la de otro señor que también aparecía fotografiado debajo del titular, un restaurador. De este hombre dicen, aunque el reseñista al escribirlo no especifica quiénes lo dicen, que era ‘un sabio de la naturaleza humana, del devenir de los acontecimientos, del canto del ruiseñor, el huevo fértil de la gallina’. Del mismo Dios no se diría tanto en una elegía. Se entiende que alguien así le diese a las cocochas textura ‘celestial’. Qué menos. Por  divinidad y porque, recoge la nota, las cocochas las ‘meneaba con garbo’. El diccionario de la RAE define garbo como ‘gallardía, gentileza, buen aire y disposición de cuerpo’. El idioma de Pemán. Al lado de este recordatorio, el del Procurador ganó algo en sobriedad y el de la mujer japonesa, de la que solo se contaban cosas mundanas, me pareció injusto. 

El mismo redactor debió ser consciente del exceso de prosopopeya que llevaba aquello, pero en lugar de reconducirse con orden prefirió dar una especie de portazo, por la vía de atribuirle al cocinero, a renglón seguido, como un rasgo de su carácter, la humana habilidad de mandarte ‘a la mierda’ aunque ‘susurrando amistad’ a la vez. Con eso el cuadro ganó.

Antes de la lectura de estas notas necrológicas en el periódico di con una columna escrita por Siro, el dibujante, en la que el autor reflexiona sobre el valor del humor en tiempos de dificultad como estos que vivimos, extremos incluso, y cita entre otras voces que abundan en la importancia de no perderlo, el humor, a una filósofa judía llamada Chaya Ostrower, que dedicó su tesis de doctoramiento al humor como mecanismo de defensa en el holocausto y que recogió testimonios de supervivientes que afirmaron que sin humor se hubiesen suicidado y que la risa les había ayudado a sentirse humanos.

Después he pensado en mi propio obituario. No creo que haya quien se vea en el trance de escribirlo nunca, pero no he podido evitar verlo, a quien fuese, bolígrafo en mano, indagando entre mis viejos amigos en busca de alguna sentencia juiciosa de mi cosecha que añadir al retrato, una frase epitáfica, como la del Procurador. Y a ellos los veo dándole vueltas, mmm…, si…, bueno… cuando algo lo asombraba solía decir una frase que le escuchaba a su padre siendo niño y que se le quedó de tanto oírsela. Sí??? Cuál, cuál era. Pues nos parece que era algo como… ‘me cago en la leche puta disoluta!’.

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