A veces en libros

 

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Recorte de la tarjeta postal escrita en 1970 por Odette a la Srta. Ana María

A veces compro libros que fueron de otra persona. De segunda mano. A veces esos libros traen signos de la antigua propiedad. Una fecha, un apunte, un papel, un número. Esas cosas, cuando aparecen, al libro lo multiplican, lo convierten en varios, en dos al menos: la obra misma, el libro que uno tiene en la mano, y su novela, la novela del libro. La novela del libro, si seguimos la teoría de Javier Cercas, busca responder dos preguntas: de quién fue y cómo ha llegado hasta uno.

A veces esta novela se impone al libro que la alberga o la esconde. En el primero de los dos volúmenes de Guerra y vicisitudes de los españoles, la obra sobre la guerra civil escrita por Julián Zugazagoitia, apareció entre las hojas una postal con franqueo en Bourdeaux, Francia, en 1970. Una mujer llamada Odette escribe a Vigo a la Srta. Ana María A. anunciándole su vuelta en fecha próxima. Le escribe: ‘querida Ana: el tiempo vuela y es hora de regresar. Hace mucho calor’. El libro de Zugazagoitia no es cualquier libro. Hubo de editarse primero en Buenos Aires, en 1940, y después, en 1968, en París, porque el autor había sido director de El Socialista y ministro de Juan Negrín. La edición que yo compré de viejo es esta segunda, la de París. No todo el mundo andaba por ahí con esa clase de libros en 1970 porque en España todavía podías buscarte problemas. La mujer llamada Odette, redactora de postales, debió traerlo con ella de aquel viaje, que bien podía ser un exilio, ocultándolo a los aduaneros; tal vez un regalo a la Srta. Ana María A., si es que fuese poco amiga de aquel régimen, que guardó la postal en el libro por no olvidar quién se lo hizo llegar y cuándo; o simplemente para ella, para Odette, aún menos amiga de aquella dictadura. ‘Querida Ana: el tiempo vuela y es hora de regresar’ lo contiene todo. Es una novela perfecta en expresión y profundidad. Lo de Zugazagoitia solo era la crónica de una guerra.

A veces el libro se vuelve otro. El ejemplar usado de Tobogán de hambrientos, de Camilo J. Cela, guardaba el informe de una clínica antialérgica que giraba con el nombre ‘Espronceda’. El informe está fechado en Madrid el día 29 de noviembre de 1989. La paciente se apellida Godoy y aquel día estaba en los cuarenta y cuatro de edad. Acude a consulta para efectuar un estudio alérgico por presentar sintomatología a agentes extrínsecos y para su tratamiento. Las pruebas han dado negativo a polvo, pólenes y hongos. Todo está en el informe. Al examinarlo pienso en que debieron haberle hecho también el test de los cacahuetes y el de pelo de gato, seguir buscando y no dejarla ir con la angustia de no saber. La señorita Godoy es ella un personaje de Cela. La delatan su poca salud y el remilgo que uno presiente en su nombre de señorita Godoy. La Clínica Antialérgica Espronceda lleva también nombre de lugar celiano. La señorita Godoy parece haberse caído del libro en el que está su informe. La señorita Godoy parece que sea ella el libro. La señorita Godoy. Al narrar sus personajes, Cela nunca dejaba de repetir su nombre, casi en cada frase.

A veces el rastro de hospital en el libro no es bien recibido. No siempre han de acogerse las miserias de los otros, por más que se presenten por casualidad. Dentro de Amberes, una novelita que Roberto Bolaño escribió antes del éxito y que cogí en un saldo creyéndola nueva, encontré la autorización de un menú pobre en sodio para la cena de una de las habitaciones del Policlínico de la ciudad. Me vino un principio de náusea por la mención del pollo hervido y en general por el hecho hospitalario y estrujé la prescripción de la dieta y la eché a la basura. Qué me importaba a mí aquello. Por conducto de mi hija hice llegar el libro a la biblioteca de su colegio sin leerlo, sin intentarlo siquiera, y no sin haberle explicado antes por qué esa donación era un acto de mecenazgo.

A veces la novela del libro lo involucra a uno mismo. No hablo de dar con un libro usado que antes fue propio. Eso es realmente difícil, sobre todo para quien, con la excepción de la novelita de Bolaño, nunca se ha deshecho de un libro. Tengo una edición crítica que contiene dos obras de J. Ibargüengoitia. Los relámpagos de agosto, novela, y El atentado, una pieza de teatro. Lo adquirí por internet a una librería de viejo que lo conservaba en muy buenas condiciones. El ejemplar corresponde con el volumen 53 de una colección tirada por la editorial ALLCA XX, nombre que en realidad es el acrónimo de Archivos de la Literatura Latinoamericana, del Caribe y Africana del siglo XX. El tomo viene a ser una enciclopedia sobre Ibargüengoitia y su obra, cientos de páginas en papel biblia (más precisamente papel Biblioprint ahuesado 45 g.) y con tipografía mínima cuya lectura, si uno se empeña en ella, solo es posible acometer programándola como se haría para sacar adelante un postgrado. La colección es tan ambiciosa que para su impulso cuenta con los auspicios de un Tratado internacional denominado Acuerdo Multilateral de Investigaciones y Coedición Archivos (Buenos Aires, 1984 – Roma, 1988 – París, 1993), llamado en modo económico ‘Acuerdo Archivos’ en el que, por España, tomó parte como signatario el Plan Nacional de I + D. El resultado es uno de los libros de literatura más oficiales que uno pueda encontrar, ideado tal vez para despachos de embajadores y dignatarios. Todo este esfuerzo para acabar en los saldos del VIPs de Neptuno, en Madrid, que fue donde donde lo encontró el tipo que fue su dueño antes que yo. Un saldo que tal debió ser que el propietario lo anotó así en una de las primeras páginas del libro: ‘saldazo’.

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Detalle de los organismos signatarios del Acuerdo Archivos en el libro sobre J. Ibargüengoitia

A veces se me escapa un buen saldo que he tenido delante. Eso me fastidia mucho. Me fastidia tanto que me persigue. Me ocurrió con la obra de Manuel Chaves Nogales, editada por Destino en los cincuenta y sesenta del siglo pasado, que hasta muy avanzados los noventa no adquirió valor y con la que me crucé varias veces por precios de cien a trescientas pesetas el ejemplar, y recuerdo haber pensado solo que debía tratarse del padre de aquel presidente andaluz que se llamaba igual. Hoy a Chaves Nogales ni siquiera lo editan en bolsillo porque no deja de venderse en ediciones cuidadas. Ni para digital hay oferta. Cuando hojeo alguna de sus obras en la librería no dejo de castigarme por haberlo dejado escapar. Cuando recibí mi ejemplar con las dos obras de Ibargüengoitia ocurrió algo parecido a lo que sucede con Chaves, con la diferencia de que yo nunca he dejado escapar a sabiendas una obra de Ibargüengoitia con la que diese en un saldo, porque a Ibargüengoitia no soy consciente de haberlo visto en ningún sitio antes de saber de él, y además en España apenas circula. No me fustigo por haberlo dejado ir, como hice con el otro, sino por las veces que estuve en aquel mismo VIPs en mis visitas a Madrid, en el mismo tiempo en que el comprador dejó registro del saldazo, porque pude tenerlo en la mano sin saber y eso es aún peor.

Tal vez no ocurrió y en aquel VIPs de Neptuno nunca llegamos a estar juntos el libro y yo, y ya no hubo ocasión de cogerlo ni de dejarlo. No hay cómo saberlo ya, ni cómo sacarse de encima el peso de algo que pudo haber no sido. Es realmente difícil. En realidad no se puede.

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