La vista (y III)

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Detalle del claustro del Convento de las Salesas, sede del Tribunal Supremo. Fotografía del autor.

Cuando llegué al control de acceso al Tribunal Supremo, para mi vista de septiembre, hube de superar un escáner aeroportuario y entregarle dos títulos al policía del mostrador: el documento de identidad y el carnet que me acreditaba como abogado. En el Supremo, por muy abogado que seas, solo puedes entrar si te espera alguien de dentro y tu visita ha sido anunciada. Cuando digo alguien de dentro me refiero a alguna de las Secciones de la Sala ante la que debas comparecer. Pasa lo mismo en los edificios de las corporaciones importantes. Una vez acompañé a E. a Madrid, por asunto de su trabajo, a visitar a uno que era Abogado del Estado y tenía un buen despacho en una de las grandes eléctricas y un empleo de redactor de instrucciones y normas regulatorias que a mí no me importaría tener y quería curiosear. Pero el tipo se había citado solo con ella y no conmigo, y aunque me presenté como marido de la invitada me despacharon ya antes de llegar a los tornos y lo más que pude curiosear fue el tráfico de la M-30, que era visible desde la puerta del edificio.

El policía del control tecleó todos mis datos despacio, con cuidado de no equivocarse. Al devolverme los carnets me habló francamente.

– Una vista no? -dijo-.

– Pues… sí, una vista- dije-.

– Y qué tal -.

– Bueno…, bien, gracias, ahora un poco nervioso, la verdad, después estaré mejor-.

– Nada, hombre, eso no es nada, tú tranquilo -dijo-.

Supuse que a lo mejor, por el monitor del escáner, los policías habían notado algo en mis intestinos, algo causado por la tensión, y querían aliviarme un poco.

– La sala de togas? -pregunté-. No recordaba dónde estaba.

Intervino otro agente, que debía estar muy acostumbrado a esta explicación. Me condujo con él un poco hacia dentro por el pasillo que se abría detrás del control.

– A partir de esa puerta que ves imagina que el edificio es cuadrado, vale? Imagínatelo -dijo otra vez-.

Le dije que me lo imaginaba.

– Estarás en la esquina inferior derecha – dijo -.

– Vale-.

– Pues tienes que buscar la esquina contraria, subir dos pisos la escalera y luego caminar a lo que sería la esquina inferior izquierda. Allí hay una puerta y vas hacia el fondo -.

Las instrucciones fueron muy eficaces y encontré la sala de togas sin dificultad. Al empleado que estaba a cargo le pedí una más bien de mi talla, que tira a mediana más que a grande.

– Que sala tienes? – me dijo-.

– La segunda – dije-.

– Tenemos vista entonces -dijo-.

– Sí, una vista -.

– Pues venga, a por ella, que no se diga que no hay Letrado -.

Parecían la clase de ánimos que preceden a una colonoscopia.

El encargado de las togas me indicó cómo llegar a la Sala Segunda porque tampoco lo recordaba de la otra vez, cuando vine de sobresaliente. Supongo que lo hizo bien, pero yo me perdí un poco por allí y para cuando encontré la puerta faltaban solo un par de minutos para la hora. Había dos mujeres custodiándola que avanzaron hacia mí al ver que me acercaba,

– Eres el de la vista no? -preguntó una de ellas-.

Debieron verme ya muy pálido.

Pensé en el control de entrada y en que si no hay quien te espere, si alguien de la intendencia interna no te ha acreditado antes, no puedes acceder. Pero una cosa era eso y otra que los que me esperasen allí fuesen todos los que había. A lo mejor llevaban años sin recibir gente o sin salir de aquel lugar, como en la Fortaleza Bastiani, el castillo de la novela de Buzatti. A lo mejor no me dejaban salir a mí.

– Por la hora que es pensábamos que igual ya no venías – dijo una de las mujeres-.

– Voy por el Fiscal -dijo la otra-.

A la mujer que se quedó junto a mí le dije que era la primera vez que iba a intervenir en el Tribunal Supremo.

– Nada, tú te sientas ahí- entramos un momento en la Sala vacía, solo para que señalase mi sitio. Esta gente son muy amables, ya verás. Te van a escuchar y nada más. Tú sin miedo, que es un momento y ya está-.

La pediatra les dice lo mismo a los niños cuando los llevamos a las vacunas.

Para cuando la alguacila me franqueó el paso, ahora ya con solemnidad, gritando el número de recurso de casación y la voz de audiencia pública, los Magistrados y el Fiscal estaban todos ya dentro instalados, porque ellos tienen su propio acceso por otra puerta que había detrás del estrado. La ponencia del recurso había correspondido a Pablo Llarena, que presidía la Sala. El Fiscal era Fidel Cadena. Ninguno era conocido entonces fuera de los ambientes. Faltaban aún un par de años para el proceso que los lanzó a la fama.

Mi exposición ocupó diez minutos. La técnica la llevaba aprendida de cuando fui espectador. Nadie me interrumpió. Todos me atendieron y al terminar, después que el Fiscal informase en contra del recurso, me despidieron con cortesía y buenos deseos para el regreso.

Mi recurso fue desestimado.

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