Diccionario de usos

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Regreso de J. Tarradellas. Octubre de 1977

A C. Puigdemont le decían el mocho por su peinado, por la cantidad de pelo en la cabeza y la forma en que lo deja caer como desparramado, a la manera de los hilos de una fregona que se hubiese puesto como sombrero. Puede ser, el parecido, aunque a mí la imagen me recuerde más la hoja que recubre el pico de la berenjena. Es verdad que la primera vez que uno lo observa llama la atención, pero nos hemos acostumbrado y hasta diría que no está mal ese aspecto. He leído que a Puigdemont ya lo llamaban mocho los suyos antes de que ascendiese a bestia negra del nacionalismo español, y que se sirve del pelo abundante para ocultar el perjuicio estético de un accidente. Eso favorece la humanidad y hasta la simpatía.

Yo no sabía lo que era un mocho hasta hace nada, cuatro o cinco veranos, que un vecino de apartamento en Cullera nos pidió el nuestro por la terraza, porque había descuidado un grifo abierto y no daba abasto para el achique y por alguna razón, no bien aclarada, en lugar de nuestra fregona entera con su cubo, solo necesitaba el mocho. Cómo, qué quieres que te preste? El mocho de la fregona, dijo. Era un tipo mucho más joven que yo que estaba con una novia en el apartamento de sus padres. Aquí le llamáis mocho a la fregona?, dije. No sé, tío, nosotros somos madrileños, el mocho es el mocho, lo de abajo, las tiras, eso.

Puigdemont vive exiliado y con aura de presidente legítimo por todo lo que pasó, porque lo retiró de su presidencia un decreto del gobierno central, y supongo que no abandona la idea de ser repuesto en algún momento y regresar en un avión a Barcelona y ser aclamado por los legitimistas. Regresar en un avión y saludar desde la portezuela antes de bajar la escalerilla con cuidado y asido al pasamanos. Es espectacular y simbólico eso. A los extraterrestres que vienen a conquistar también se los representa en la puerta de su nave. En un avión llegó Jomeini a Teherán desde París para encabezar la revolución y también Tarradellas, antecesor de Puigdemont, regresó en avión. Hasta Alberti el poeta regresó en avión.

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Llegada de Jomeini a Teherán. Febrero de 1979

Hoy día la representación del regreso es difícil por culpa de los fingers. Hay que esperar a salir a la terminal desde la zona de las cintas de equipaje y no es lo mismo, porque no te puedes detener y posar saludando sin entorpecer la salida de viajeros con maletas, y lo normal es que toda esa gente que está allí con un cartelito con el nombre de otro al que no conocen te pida que te apartes. Además la puerta del avión está en altura y a nivel de suelo ya no hay foto buena, como no sea que alguien te encarame a sus hombros como a los niños.

Regresar en avión tampoco te pone a salvo de que te crujan llegado el momento. Al pintor Eduardo Arroyo le preguntaron en una entrevista de radio por Rafael Alberti y Arroyo dijo varios aggg y oggg y siguió: qué cosa más insufrible de sujeto, qué ridículo todo el día marinero para arriba y para abajo, marinero de qué, qué sabrá él, tanta chorrada de palomas, aggg, qué matraca insoportable, oggg. Parecía que Alberti le provocase arcadas como le pasa a algunas personas con la casquería. El entrevistador, que debía saberlo y que le había sacado a Alberti en la entrevista sin venir mucho a cuento, aún le decía no será para tanto, don Eduardo, y el otro entraba otra vez, aggg, y no ha visto cómo va vestido, de marinerito al viento, si es que no se ha visto nada igual, con el pañuelo, aggg, y la melena, es una cosa para imbéciles, vamos ya… Le faltó decir lo de Pepe Rubianes, que a ver si se metía las palomas y las gaviotas por ahí y le explotaban dentro y los huevos le quedaban colgando de un campanario.

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Rafael Alberti llega a Madrid. Abril de 1977

Yo a Alberti lo tenía muy bien considerado, sobre todo por su halo de comunista exiliado y diputado constituyente; lo había visto recitar años atrás en el Teatro de la ciudad, con una rondalla de guitarras y bandurrias que llevaba para ambientar y poner al público en suerte, y hasta tengo uno o dos libros de él por casa. Nunca pude pensar que nadie de la cultura tuviese a Alberti tan atravesado, no siendo por un pleito de amor, pero por culpa de Arroyo, fue Arroyo si no me equivoco, desde aquel día empecé a verlo de otra forma, a Alberti y en general a eso que se da en llamar vacas sagradas. Recuerdo haber buscado entonces por la biblioteca del piso lo que tuviese de Alberti, que resultó ser una edición de Alianza de Marinero en tierra, y habérseme figurado Eduardo Arroyo en el pensamiento diciéndome tú no serás otro incauto de esos de los marineritos, no?

He leído que en México les dicen mocho a los devotos y a los hipócritas.

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Gafas de presbicia del autor sobre el María Moliner

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