Las cañas

Uno. Las cañas.

El saxofón, contra lo que pueda parecer, sobre todo de primeras, hace familia con la sección de instrumentos de viento-madera y no con los metales. Eso es porque, en la embocadura, a la boquilla hay emparejarle una lengüeta llamada caña que es de madera y que queda sujeta por medio de una abrazadera que es como las de fontanería pero más noble. El saxofón, que no deja de ser una forma rudimentaria de clarinete, suena por el efecto que produce esa caña, al vibrar, en la columna de aire que uno dirige al interior del instrumento.

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Detalle de boquilla, caña y abrazadera en la embocadura de un saxofón soprano propiedad del autor.

Conocí a un saxofonista al que lo obsesionaba la idea de que en el mundo se acabasen las cañas de saxofón. Me pareció algo irreal y una preocupación excesiva tratándose de alguien que vivía de un buen puesto como directivo de una conservera y no del saxo.

– Antes de que se agote la madera para cañas se habrán acabado los saxofonistas por falta de oxígeno en el planeta, así que yo no me preocuparía -le dije.

A aquel tipo no lo angustiaba la deforestación, sino la idea de que algo como una sociedad internacional, secreta, se hiciera con las reservas mundiales de cañas para saxofón y acabase con su comercio y su producción. Lo dijo con esa clase de risa un poco nerviosa del que sabe que dice algo disparatado en lo que no puede evitar creer, aunque sea un poco, y lo cierto era que ya se preparaba para un futuro sin cañas atesorando las suyas, cuidándolas como a bebés prematuros, con controles de humedad ambiental y de temperatura propios de un laboratorio, todo por evitar que llegaran a secarse, que para una caña es lo mismo que morir.

Dos. La escena.

Hay una escena. La escena de quien aparece en algún lugar público y trae sed como de haber cruzado un desierto a pie y sin cantimplora. En ese lugar hay agua pero el tipo no conseguirá beber por más esfuerzos que haga. Porque alguien la derrama cuando esté a punto de probarla de un recipiente, porque en la botella que alcanza solo queda una gota o porque la que mana de un grifo se agota justo cuando le llegue el turno de beber y así todo el tiempo.

Yo soñé una escena como esa la otra noche y desperté muy alarmado porque en el sueño lo que yo perseguía con obsesión de muerto de sed no era agua. Era tequila. El cerebro es de mandar mensajitos como los hijoputas. Repasé mi relación con el tequila sentado en la cama. El último fue hace dos veranos en la sobremesa de una comida en un mexicano que estaba de moda en Nigrán y lo pedí por folklorismo y diplomacia. Del penúltimo hará tres otoños, y aunque es verdad que aquel me lo embuché entre dos whiskis, mezclando a propósito para realzar efectos, no me parece como para que mi propio cerebro me tenga por un yonqui del tequila; y aunque mi relación con el alcohol en general no sea esporádica, tampoco es de las de desarrollar síndromes de abstinencia como el del sueño. El cerebro puede ser malintencionado a veces.

Tres. El fotograma.

He leído sobre esos experimentos que consisten en insertar en una película un fotograma con la imagen de una Coca-cola; un solo fotograma o varios convenientemente espaciados. El espectador no lo percibe porque el tiempo en pantalla dura lo que un microsegundo pero el cerebro sí lo capta, el mensaje, porque en realidad va dirigido a él, y por eso al salir del cine te dirige al bar a buscar Coca-cola, que además es quien financia casi siempre esa clase de estudios y es lógico que tenga retorno.

Después de haber olvidado el sueño del tequila una mañana tuve algo parecido a una visión. Un flash, por decirlo al modo los cursis. Un fotograma como el de la Coca-cola inserto en una película.

El fotograma muestra la imagen de un titular de los de prensa, es como un recorte, y aunque fue una fracción de segundo, logré a medias retenerlo. El titular dice algo como ‘se agota el tequila’, ‘el fin del tequila’, ‘Mexico se queda sin tequila’. Tuvo que ser uno entre esos cientos, miles, de titulares por los que la vista pasa cada día sin detenerse, o por los que ni siquera pasa la vista, solo los ojos, cuando uno hojea un periódico o en los scrolls que uno hace con la rueda del mouse o con el dedo sobre la pantalla en las páginas de noticias cuando mira en ellas sin ver.

Fui al buscador y entonces apareció. El País, 2 de febrero de 2018. La fiebre internacional por el tequila amenaza con agotar sus reservas. Por lo visto el cerebro hace su propia lectura de los diarios; de los diarios y de todo lo que a uno le pasa por delante, y retiene lo que le interesa. Lo que le interesa a él, al cerebro, incluso aunque uno no lo haya leído y a veces hasta ni mirado. Se lo queda y luego lo administra a conveniencia y para jugar contigo o darte por saco si hace falta.

Cuatro. Las cañas.

He descubierto que a mi cerebro todo lo que sea que el mundo llegue a quedarse sin algo le llama mucho la atención y que él por su cuenta va guardando esa clase de inputs, porque nada más leer yo el titular del día 8 de febrero que anunciaba la extinción del tequila, como para justificarse, el cerebro puso sobre la mesa la historia del saxofonista atormentado por el fin de las cañas. Fue él, el cerebro, no yo, porque de la conversación que tuvimos aquel tipo y yo la única vez que nos vimos yo recordaba algunas cosas; su puesto en la conservera, la marca de su saxo tenor, su aspecto, el nombre de un par de temas de jazz que nos gustaban a los dos; pero lo de la desaparición de las cañas, por más estrambótico que resultase cuando lo escuché, se me borró y no lo habría recordado ni bajo tortura.

Tal vez el cerebro haga esto para protegerme. Acaso por suministrar material para el libro. Después de todo, yo casi solo escribo del pasado, de aquello que hubo y dejó de haber, porque la literatura en cierto modo es eso justamente, lo que viene después.

Ayer bajé al trastero en busca de mis viejos saxofones. Guardadas en los estuches encontré unas ocho o nueve cañas. Las he subido y puesto bajo el grifo nada más entrar en casa, por devolverles la vida, porque algunas van a cumplir dos años sin utilizarse y yo nunca puse cuidado en su conservación. Creo que las he recuperado o que voy por buen camino y ya he escogido un nombre para cada una. Además he decidido no volver a utilizarlas ni a tocar más el saxofón por no dañarlas.

Por la tarde vendrá a casa Fernando R., que fue mi vecino de descansillo y que tenía en su apartamento unos cuantos armarios en los que cultivaba marihuana. Un día la policía entró en el piso a la hora de comer y se lo llevó a él y a los armarios, esto último con mucha dificultad. Yo lo observé todo por la mirilla. El día que lo citaron a juicio se presentó en mi piso y me pidió que lo defendiese. Conseguimos un par de atenuantes y un buen acuerdo con la fiscalía y al final solo cumplió los dos meses que estuvo de preventivo. Fernando me va a enseñar a reproducir dentro de una vitrina las condiciones tropicales que necesitan las cañas, como hacía con sus plantas de hierba.

El cerebro puede ser muy cabrón.

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El canal plus. Una historia de fútbol.

La última vez que estuve en un estadio de fútbol fue por mi amigo Adrián, que por entonces trabajaba manejando una cámara para el Canal+ en las retransmisiones de los partidos. Adrián se había colocado algunos años antes en la Televisión de Galicia y un día los del Canal+, que estaba recién fundado, llegaron a Santiago y lo ficharon a él y casi todos los de su sección, que era la de operadores y realizadores de partidos y eventos en exteriores.

Mi amigo vino a Vigo un domingo temprano desde Madrid con la caravana del Canal+ para filmar el partido del Celta y yo fui a esperarlo junto al estadio. Adrián había viajado de noche muy cómodamente en uno de los camiones, que estaba preparado con cocina y circuito de agua como las roulottes de los feriantes y que tenía unas literas para el personal en forma de colmenas, al estilo de algunos hoteles de Tokio.

La caravana apareció en Balaídos y la gente que había por el barrio acudió toda al reclamo del sello del Canal+ estampado en la caja de aquellos camiones negros y se agrupó alrededor con signos de excitación, como si fueran a apearse los Rolling Stones y no los operarios de un canal de televisión. Para encontrar a Adrián tuve que abrirme paso y como él tenía que ponerse con el montaje y los preparativos de la retransmisión solo tuvo tiempo de enseñarme el camión-hotel y después de eso nos citamos por la tarde, para que me colase al campo.

Media hora antes del partido nos encontramos en una de las puertas del estadio y me colgó al cuello una especie de credencial de prensa con el anagrama del Canal+ y el nombre Amadeo García escrito, que Adrián dijo que era inventado.

– Si pongo tu nombre y aparece la inspección de trabajo en el estadio podemos tener problemas. Si pongo el mío o el de alguien de la empresa y te pillan con la tarjeta los problemas podrías tenerlos tú -dijo. Adrián hablaba con la rutina del que hacía esto mismo todos los domingos en el campo al que lo mandasen.

– Busca un sitio en la grada que hay detrás de los banquillos y no te muevas de allí -me dijo. Yo obedecí y encontré un asiento vacío cinco o seis filas encima de la rasante del campo junto a un niño y un señor que lo acompañaba y que por edad me pareció su abuelo. Llevaba bien a la vista mi credencial del Canal+ y noté que casi todo el mundo me miraba y yo al principio supuse que era por el prestigio del Canal+, que estaba de moda, pero después de un rato empecé a pensar que tal vez se fijaban porque aquella gente con experiencia de abonados del club se había dado cuenta de que yo estaba allí colado y con una identidad falsa. Todo eso de la inspección de trabajo y la orden de no moverme del asiento me inquietaba y para cuando el partido empezó yo me sentía ya descubierto y resignado a salir del estadio a empujones o hasta detenido. Sólo después de un rato, como nadie vino por mí, le quité hierro al asunto y relajé algo la tensión y en una de esas me llevé las manos a la cabeza por un fallo del delantero del Celta y debí decir algo y entonces el niño que tenía al lado me preguntó:

– De verdad eres del canal plus?

Me vino sudor frío y el principio de un retortijón.

– Cómo, qué dices? -. Aunque lo había entendido muy bien, pregunté por ganar tiempo y controlar un poco las vías de escape a la carrera.

– Que si eres del canal plus -dijo.

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El niño estaba muy bien peinado, con alguna clase de fijador, y escondía las manos debajo de los muslos. Pensé en la inspección de trabajo y en la policía y en un ejército de niños soplones adiestrados para oler el miedo, como los perros, dispersos por la grada para dar con la gente sin entrada o con empleados sin contrato.

– Claro que soy, no ves la tarjeta?

Le acerqué la tarjeta a la nariz.

– Y por qué vas con el Celta, yo pensaba que erais neutrales.

– Bueno… solemos animar algo al equipo del estadio al que vamos, el que sea, es que si no es un poco aburrido.

– Te llamas Amadeo?

– Sí… Amadeo, sí.

– Y por qué estás aquí y no con los periodistas.

En aquel momento tomé la decisión de acabar con aquello y entregarme al niño para que me entregase él a la seguridad del campo, no sin felicitarlo por su habilidad y sus técnicas, y cuando estaba a punto de hacerlo se levantó un tipo que estaba dos filas más abajo, delante de nosotros, y empezó a insultar a voz en grito al entrenador de Sporting de Gijón, que era el equipo visitante, y que estaba muy cerca debajo de nuestra grada, tan cerca como para que el aludido lo escuchase sin dificultad. Era la tercera o cuarta vez en lo que llevábamos de partido que aquel tipo se revolvía en insultos contra el entrenador del Sporting, como si tuviera con él algo pendiente.

– Preciado, cabrón!, Preciado, hijoputa! Preciado tus cuernos! Preciado tus muertos! Preciado jódete! y así sin parar. Preciado, que era un tipo asturiano que caía bien y que tenía el aspecto de un liberado del sindicato minero, ni siquiera hacía ademán de girar la cabeza. En fútbol no está permitido al entrenador que se dé la vuelta y haga callar a un tipo como aquel con dos hostias o tres bien dadas y entonces, cuando iba a reconocer yo mis culpas y ponerme en manos del niño, tuve uno de esos impulsos de último segundo, como de supervivencia, y me puse de pie casi sin pensar.

– Eh, tú! – le grité a aquel tipo.

El otro se volvió y me miró con  cara de aturdido por la sorpresa.

– Tú, sí, tú! Quieres dejar de insultar de una puñetera vez? O es que no ves que hay niños viendo el partido? Dónde coño te crees que estás! -.

El hombre estaba a punto de salir del desconcierto que le causé y yo temí algo muy malo porque se lo veía más fuerte que yo y seguramente estaba más curtido en esta clase de conflictos y entonces agarré la credencial del Canal+ que llevaba colgada y se la mostré con decisión.

– Ves esto? Lo ves? Soy del canal plus y como no te calles ahora mismo mañana sales en la televisión y verás la vergüenza que te va a dar que te vea todo el mundo, que te estamos grabando! -.

El Canal+ tenía una sección en su programa de los lunes, el que repasaba la jornada de fútbol, en la que solían aparecer curiosidades que sucedían en la grada, de esas que no se ven en las retransmisiones y aquel programa era muy popular y lo veía todo el mundo porque era en abierto y aquel tipo seguro que también lo veia porque volvió a su desconcierto, balbuceó algo y se sentó y ya no volvió a levantarse más.

Al sentarme yo las piernas me temblaban. Noté que el niño se me arrimó un poco, lo justo para que pareciese ante los demás que había venido al estadio conmigo y no con su abuelo. Cuando el partido terminó me descolgué la tarjeta y se la ofrecí.

– Toma, para ti, yo ya no la necesito. Me dan una en cada partido -le dije.

Al niño los ojos le brillaron. Le ofrecí la mano y me despedí de él aliviado, un poco como esos detenidos por una mala noche que salen del calabozo por la mañana arrepentidos y dando las gracias al comisario. Después corrió con su abuelo.

– Mira abuelo!- le escuché decir – el señor del canal plus me ha dado su carné.

El abuelo me miró.

– Así que del canal plus, no?

 

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