La escena del crimen (La encrucijada de Benavente II)

La verdad es que salir al encuentro de la Historia puede resultar engorroso, sobre todo cuando se aproxima la hora de comer y hay que desviarse de la autovía para alcanzarla. Condujimos adentrándonos en la Tierra de Campos por carreteras de todas las competencias, del Estado, de Castilla, de Zamora, de la comarca, del poeta Machado. Yo encabezaba la caravana de dos coches. A mi tío lo vigilaba por el espejo retrovisor con el pensamiento de que en cualquier momento iba a hacer uso de su ascendiente consanguíneo y, con una señal de luces, iba a obligarme a dar la vuelta a Benavente porque pasaban de las tres de la tarde y la Tierra de Campos no hacía sino despoblarse cada vez más a medida que avanzábamos y cundió la impresión de que en realidad no íbamos a llegar a ningún sitio.

El pueblo del restaurante estaba al pie de un campanario que divisamos cerca de las tres y media y de primera impresión, al verlo, estuvimos de acuerdo en que los socialistas del sur habían escogido muy bien aquel lugar en el medio de la nada para sus operaciones, porque solo un satélite de la CIA podría haberlos localizado.

La mesa que nos habían guardado no estaba en el comedor, como las de los demás que poblaban el local, sino en una sala apartada, más para estar en ella que para comer, a la que llamaron la biblioteca porque en ella había un par de estantes con libros y también sofás y una chimenea. Una sala para comer y después sestear, o conspirar, alejada del bullicio del comedor.

img_0722

Estaba claro que los socialistas no solo habían elegido aquella casa de comer, sino que por fuerza habían urdido el golpe justo donde estábamos nosotros. Bastaba mirar al sofá para ver una escena con gato en el regazo de la presidenta andaluza y brandy oreándose en copas abombadas.

Nos dejamos aconsejar por el encargado. Yo lo previne de que debía conducir de vuelta a Vigo y que prefería comer ligero y al final el tipo me embaucó, no sé cómo, y acabé aceptando entrantes de escabeche, un plato de lentejas y mondongo y media pierna de cordero. Esto me sucede a menudo porque la educación judeocristiana me hace confundir la idea de no hacer el mal con la de no rechazar los platos que a uno le ofrecen fuera de carta.

Entre los libros que había en el reservado encontré una de las primeras ediciones de Donde la ciudad cambia de nombre, la novela de arrabal que Paco Candel escribió a finales de los sesenta, y un ejemplar de El Príncipe de Maquiavelo. Así que Maquiavelo. Aquí están las pruebas, dije como si hubiese encontrado una uña postiza de Susana Díaz. Los golpistas se habían dejado olvidado el puto manual de instrucciones en la escena del crimen.

Después de las lentejas mi prima propuso que escamoteásemos El Príncipe. Me negué: el libro debe quedarse aquí para cuando la historia se escriba, le dije, y si es necesario yo mismo la escribiré para que el mundo sepa cómo María Dolores Pradera y sus dos gemelos de la guitarra lograron aquí, a dos pasos de Villalar, tumba de los Comuneros de Castilla, lo que la dictadura de Franco no consiguió en cuarenta años, partir el PSOE. Todo este tremendismo categórico un tanto azuzado por vino de la tierra se vino abajo muy rápido porque a la que apareció el encargado por ver qué tal nos iba mi tía, que había elegido cordero igual que yo, le protestó por habernos servido una pierna para los dos y no a cada uno su paletilla. El encargado ofreció una explicación muy convicente, aunque a mi tía no la convenció porque mi tía oye mal y el hombre estaba detrás de ella y los dos mantuvieron un diálogo descoordinado hasta que mi tío resolvió la escena con uno de sus recursos habituales:

Es que es de Bilbao, sabe, de la margen izquierda.

El encargado, al oírlo, se deshizo en suavidades y hasta ofreció llevarse de allí la parte de la pierna que mi tía había empezado a comer, que era precisamente la paletilla, y traerle otra paletilla pero asada ella sola.

De haberme llevado algo de aquella habitación yo me habría ido con la novela de Candel porque justo aquella mañana, mientras esperaba a mis tíos en un café de Benavente, encontré referencias a ella en uno de los suplementos literarios del sábado. No la robé, la novela, porque la educación judeocristiana además de forzarme a aceptar las sugerencias del chef, incluso poniéndome en peligro, me incapacita para el hurto.

A los postres hicimos venir al encargado. Sabe por qué estamos aquí, le pregunté. Le conté el relato mientras el tipo aguantaba de pie, sin dejar de mirarme, con cara de haberlo escuchado antes. Mencioné la tertulia de la radio, la llamada al periodista y todo lo demás. Me parece muy bien, dijo, pero esa comida que dicen no fue aquí y mi jefe está hasta los cojones de ese sambenito. Su jefe, el dueño del restaurante, era el Alcalde socialista del pueblo. El encargado habló en tono amable, sin perder la cordialidad, pero mi tía, que esta vez lo tenía enfrente, lo miró fijamente, con ojos de haber nacido en Erandio y haberse despachado una paletilla y lo que no era paletilla. No me joda, le dijo. Bueno…, dijo él, al menos yo no los ví. Eso ya es otra cosa.

Estándar

Paco el viejo

Hace algunos días, rastreando por repertorios de jurisprudencia argumentos que me ayudasen a formular una defensa, dí con una sentencia que comenzaba así: ‘Juan Francisco, alias Paco el viejo, de 19 años…’ Al leerlo pensé en el Torete y en aquellos personajes de las películas de Eloy de la Iglesia. Para que a uno lo llamen Paco el viejo con 19 años las cosas han tenido que irle realmente mal. Me apiadé del tipo sin llegar a saber siquiera lo que había hecho. Dos o tres sentencias después me detuve en otro de esos arranques: ‘José, alias Gamba (que quiere decir ‘jefe‘ en dialecto bereber)’. Me pareció demasiada casualidad que en su lengua los bereberes al jefe lo llamen gamba y bastante extraño que a alguien llamado José lo apodasen Gamba por ser un nombre bereber y no por exhibirse como un inglés por Castelldefels y entonces reparé en lo que era obvio: Paco el viejo era en realidad un alias supuesto y no un drama social de la transición, lo mismo que Gamba, y por descontado ‘Juan Francisco’ y ‘José’: todos son nombres inventados por los editores de las sentencias.

Por lo visto, en el poder judicial, o en la empresa contratada por el poder judicial para la edición de las sentencias, hay un departamento dedicado a la sustitución de los nombres de los reos, supongo que para preservar derechos constitucionales y para no infringir la protección de sus datos; eso no deja de resultar un tanto ridículo porque el nombre del reo, sus apellidos y el delito del que se le acusa figuran en un folio que el oficial de justicia estampa en la puerta de la Sala el día de juicio y además, por si hay quien no lo lee, al reo lo llaman a voces por el edificio si no está en la puerta cuando suena la campana.

fullsizerender-4

Aranzadis. Fotografía del autor

Tuve curiosidad y profundicé un poco consultando otras sentencias. El oficio de cambiar los nombres y los motes me pareció entonces una maravilla y lamenté no haberme buscado yo la vida por ahí. En realidad lo más fácil resultaría sustituir los nombres por las iniciales, invirtiendo el orden para despistar y lo mismo con el sobrenombre, una inicial cualquiera, y para eso no haría falta ningún departamento; o hacer como en Roma, llamar a todos los litigantes Ticio o Cayo y al esclavo, si lo había, Stico. Pero aquí, supongo que para no perder el puesto, tratan de ganárselo.

Al principio era frecuente recurrir a un nombre común, Juan, Francisco, María, Manuel y a dos iniciales cualesquiera a modo de apellido, incluso a tres iniciales sin nombre. Sin embargo, a partir de los años noventa los reos empezaron a llamarse Leovigildo, Segismundo, Gumersindo, Bernardino, y sus correlativos femeninos, y también otros nombres por el estilo que al final hacían poco creíble el relato de sus delitos. Con los sobrenombres o alias ocurrió algo parecido. Empezaron siendo una inicial al lado de un nombre común, Luis alias ‘F’; después un nombre común al lado de otro nombre común: María alias ‘Alicia’, Fernando alias ‘Miguel’, Miguel alias ‘Alberto’ y esto también ponía un tanto en solfa las fechorías cometidas.

Entonces se produjo una especie de eclosión de los alias y ahí es donde los del departamento empezaron a trabajar de verdad. Los alias son cosa de forajidos, lo mismo etarras que ladrones de gallinas. Debieron pensar que si no tienes un alias ni siquiera deberían juzgarte. Casi todos los reos empezaron a figurar en las sentencias con sobrenombre, aunque no lo tuviesen en realidad: chipirón, gótico, avispado, canoso, mantecas, cabra, bola, gamba, corretejaos, Paco el viejo, orejas, ciego, gansa, pirata, cabezón, pocholo y así los que se quiera y unos cuantos más. Con un alias, si está bien traído,  la historia está contada antes de empezar, no hace falta ni leerla. Eso es lo que me ocurrió con Paco, el viejo de 19 años. Lo llegué a indultar solo con leer la primera frase porque lo imaginé como a uno de aquellos niños de los poblados chabolistas de Madrid retratados en la revista Interviú o filmados para el programa Informe Semanal fumándose un canuto con siete años, que a mí me asustaron tanto tal vez porque yo también tenía siete años.

Regresé al principio para adentrarme un poco en la historia de Paco el viejo y al hacerlo la literatura se esfumó por completo. En realidad ese nombre no tenía nada que ver con el reo y el relato de su delito resultó decepcionante. La realidad es que ninguno de los sobrenombres puestos por el departamento guardan relación con el delito ni con el criminal, y por eso el delincuente al que apodan pocholo puede ser Mariano Rubio el del Banco de España lo mismo que uno de los dos hermanos de Puerto Hurraco.

Trato de imaginarme a los del departamento concentrados en su trabajo. Yo lo haría mejor. Eso es un oficio y no el de hacer violines.

Estándar

La encrucijada de Benavente (I).

Más que un pueblo, Benavente es una especie de despensa del cuadrante noroeste de la península. Todo pasa por allí antes de ser distribuido porque allí los caminos se cruzan. A eso el diccionario lo llama encrucijada y por eso Benavente tiene ese aire de frontera, hostil, de territorio franco ensanchado a base de polígonos, enormes aparcaderos para camiones y burdeles.

Ayer yo estaba citado en Benavente por un asunto familiar. Como era la primera vez que alguien me citaba en Benavente, cuando me lo propusieron, aún con el teléfono en la mano, no pude evitar la evocación del narco de Vilagarcía, uno muy famoso, al que un cártel colombiano citó también en Benavente para aclarar una cuenta y acabó tan mal la cita que hoy se la conoce como ‘el crimen de Benavente’.

Movido por este pensamiento un tanto oscuro traté de encontrar alternativa en otro lugar, incluso más distante de Vigo, pero eso requería algunos días de demora y al final no hubo más opción y quedé convocado en Benavente.

En Benavente también se encontraron hace pocos días algunos socialistas del sur con otros socialistas de aún más al sur para sincronizar relojes y poner en marcha la cuenta atrás para la ejecución del golpe de mano al secretario general del partido, del que hablarán en el futuro los libros de historia. La verdad es que para ciertas cosas Benavente está a medio camino de casi cualquier lugar, lo mismo de Bogotá y la ría de Arousa que de Toledo y Sevilla.

Los asuntos familiares quedaron despachados en Benavente a mediodía y sin necesidad de salirnos de los extremos del código. Propuse almorzar en el restaurante en el que los socialistas desplazados habían hecho el concilio porque, por lo escuchado en la tertulia radiofónica por la que yo lo supe, debía ser una casa de muy buen comer.

Hicimos toda clase de combinaciones de palabras en los buscadores de los teléfonos para tratar de dar con el restaurante. Encontramos decenas de noticias de la reunión, que las crónicas referían como ‘la encrucijada de Benavente’ con poco sentido de la originalidad; pero el nombre del restaurante no aparecía en ninguna información. Interrogamos a un par de viandantes y a un hostelero, aunque al hostelero con indirectas. Nada. Entonces decidí telefonear al diario ‘La Opinión de Zamora’, concretamente a la redacción de Benavente. El tipo que me cogió se mostró primero desconcertado y después molesto con la información que yo le pedía.

‘Esto es Benavente amigo, mejor llamas a Zamora para eso’, me dijo. Le hice ver que las informaciones hablaban de la encrucijada de Benavente, no de la de Zamora, y que por eso lo estaba llamando a él. Ya, pero es que si el nombre del restaurante no ha salido será por algo, me respondió. Comencé a entender de qué iba el asunto. Puedes estar tranquilo, le dije, no soy periodista, no voy a decir nada, solo queremos comer porque tenemos hambre y si queremos ir a ese lugar que no sabemos dónde está ni cómo se llama es por culpa de unos tertulianos de la radio y en general de los periodistas que tirais la piedra y escondeis la mano y además no te estoy pidiendo el nombre de una fuente joder, solo de un restaurante.

El tipo me creyó solo a medias y por eso, en lugar del nombre del restaurante, me dió el nombre del pueblo en que debía buscarlo, supongo que para que nadie pudiese acusarlo de revelar secretos. Con el nombre del pueblo todo encajó y mis tíos, mi prima y yo más que a comer, salimos a encontrarnos con la historia. Continuará.

Estándar

Abreu el canario

A mí una vez me echaron de una sede del PSOE. Lo he recordado al ver a este señor andaluz que aparece en la televisión, que ha dimitido de su puesto de alto dirigente del partido y ahora no lo dejan pasar al despacho por sus efectos. ‘El retrato de mi hijo’, dice a los periodistas que lo han rodeado junto al portal del edificio. No dice ‘mi maquinilla de afeitar’, ni siquiera ‘mi agenda’. Pide el retrato de su hijo porque quiere encogernos el corazón y ponernos de su lado. El andaluz es un político listo, no un vulgar ejecutivo de esos que sacan de su despacho una planta por única posesión. Por algo ha sido el número tres.

Fotografía tomada por el autor en Compostela en diciembre de 2015

Si has militado alguna vez en el PSOE y no te han echado de una sede del partido, o no han disuelto tu ejecutiva al menos un par de veces, es que en realidad has militado en otra cosa, no en el PSOE.

Yo milité poco, la verdad, casi todo el tiempo en la juventud socialista, aunque debí hacerlo bastante bien, tan bien que a mi ejecutiva, la ejecutiva de la que yo formaba parte, la disolvieron sin miramientos y a mí me echaron de la sede lo mismo que al señor andaluz que está en el televisor.

El día que me echaron yo estaba con Abreu el canario. Todo vino después de una disputa entre la juventud socialista española y el partido socialista de Galicia por ver quién mandaba sobre la juventud socialista gallega. Los del partido, por mostrar su autoridad, disolvieron nuestra ejecutiva. La juventud socialista de España reaccionó y envió dos tipos a Compostela para dirigir la reorganización. Uno era cordobés y el otro Abreu el canario. Alguien me llamó para decirme que querían verme y hablar conmigo. Nos citamos en un restaurante italiano que estaba cerca de mi facultad y de su hotel. Los enviados fueron al grano: Chema Crespo, que hoy frecuenta las tertulias de la radio y la televisión y que entonces mandaba en la JSE, quería que yo fuese el secretario de organización de la nueva ejecutiva. Cómo va a querer Chema Crespo que yo sea secretario de nada si no me conoce, les dije. No te preocupes, me respondieron, Crespo tiene un informe sobre ti. La respuesta primero me impresionó y después me preocupó, porque por entonces yo iba a la facultad conduciendo el coche de mamá y vestido con una trenca Burberry de lana de cashmere como un señorito y con esa información la juventud socialista podría hacerme un auto de fe en cualquier momento. Qué dice el informe, pregunté. Que eres universitario y llevas agenda y eso ya es mucho, créenos.

Dí vueltas al asunto durante los dos o tres días en que acompañé a Abreu por Santiago tratando de armar una ejecutiva de bar en bar. Uno de aquellos días subimos a la sede central de partido y allí, en cuanto se supo quién era Abreu y a qué había venido a la ciudad, nos pusieron a los dos en la puerta. Abreu volvió a Madrid y yo lo visité muy poco después con mi respuesta. Tenía un despacho en la sede de la calle Santa Engracia al lado del de Chema Crespo. Abreu me lo presentó. El despacho de Crespo había sido en tiempos el despacho de Felipe González o de Alfonso Guerra. Así que tú eres el de la agenda, me dijo, contamos contigo entonces? Aquel día me despedí de Abreu y de la juventud socialista.

El tumulto de periodistas en torno al señor andaluz se ha disuelto. Con Abreu* aún en la memoria, en la televisión aparece ahora una fotografía suya. La casualidad me asusta porque de Abreu no supe más desde el día en que nos despedimos en Madrid y ahora lo veo en la pantalla con veinticinco años más y porque en el fondo no creo en las casualidades.

Al tipo que nos ordenó a Abreu y a mí salir de la sede lo vi hace algún tiempo, fotografiado en el periódico junto a su abogado, en la puerta de un juzgado.


*El pasado 28 de septiembre un total de 17 integrantes de la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE, entre ellos el señor andaluz, presentaron en bloque su dimisión para forzar con eso la caída del Secretario General de partido. Los 17 fueron suficientes para dejar en minoría a los no dimitidos porque en la ejecutiva se habían producido con anterioridad tres vacantes que quedaron sin cubrir. Sumadas las vacantes a las dimisiones, la ejecutiva en activo se redujo hasta quedar integrada por menos de la mitad de las personas que la constituyeron lo cual, aunque esto es discutible, significa su automática disolución. Lo que pasó después probablemente aparezca en futuros libros de historia. Las tres vacantes de la ejecutiva alteran sin voluntad los equilibrios del órgano y por eso son noticia: Pedro Zerolo, muerto; Gómez Besteiro, dimitido al ser procesado; Javier Abreu, dimitido  hace pocos meses por desacuerdos con la dirección sobre asuntos de Canarias.

Estándar