Cantar de cego

Na barra do bar hai un home que le no xornal. Le titulares en voz alta coma quen sacode un pano diante dun touro. Quere que o encargado entre ao trapo para facer tertulia. O encargado coñéceo, chámalle señor Castro. Aos clientes que aprecia o encargado dilles señor ou señora e polo apelido, dille ‘señor Castro quen o verá o domingo a votar por Silleda, mire que lle cadre a hora de votar coa do palillo’. Polo que escoito, o señor Castro é de votar de mañán porque despois do xantar os domingos perde o goberno dos seus actos e do seu voto. A inminencia de eleccións non dá para máis, non se da formado tertulia ningunha, nin sequera cando o señor Castro pasa polas follas de fútbol do xornal, non hai tertulia ata que aparece o titular dun crime tremendo, con despezamento, un crime de cantar de cego. Por aí entran todos con rebumbio, o primeiro o señor Castro: dí que o morto fixo de seguro algunha cousa que non debeu e que por iso o cuartearon; parécelle sospeitoso en grao sumo que aquel tipo fose extranxeiro, e máis aínda que andara metido en buscarlles papeis ou fogar a outros extranxeiros.

-Aínda que o fixera, hai outras formas de matalo-. Quen fala coma se pronunciara sentenza é a muller do encargado. Eu miro para ela. En qué outras formas está a pensar. Querería preguntarllo, pero ás veces é mellor non saber.

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Una falda

En casa de mi tío José Antonio había un cuchillo de cocina que tenía dos puntas en lugar de una y del que nadie supo nunca del todo cuál era su utilidad. Una tarde mi tío cogió aquel cuchillo y trató de cortar con él, de hacer trizas, una falda de piel que era de mi prima.

Mi prima lo había sacado de quicio durante una discusión en la que se quejó de su poca ropa, que ya entonces, cuando estábamos en el BUP, ocupaba varios armarios de la vivienda. Mi tío le propuso ponerse aquella falda de piel, que había sido un regalo de alguien con quien íbamos a encontrarnos. Mi prima dijo que no y como su padre insistió volvió a decirle que no, pero añadió que era una mierda de falda, una falda asquerosa que jamás se pondría, y que antes que vestirse con ella para salir prefería no salir y así estuvo un buen rato. Mi tío se vio acorralado y entonces empezó a vociferar que se había acabado la compra de ropa y amenazó con tirar la que había a la basura, aunque eso requiriese de varios contenedores. Ella lo animó a que empezase el desalojo por aquella falda de mierda que no se pondría ni muerta, etc. Mi prima era de absolutos y en este tipo de asuntos no solía dejar margen al acuerdo. Entonces él se ofuscó y como estábamos todos junto al armario del distribuidor, que era uno de los ocupados por el vestuario de mi prima, en un movimiento rápido se introdujo en la cocina; abrió uno de los cajones de los que había bajo la encimera y con gran estrépito de cubiertos removidos extrajo aquel cuchillo de dos puntas. Compuso entonces un gesto muy característico, que consistía en torcer el labio inferior hacia un lado y mantenerlo mordido en el otro extremo y armado con aquel aparejo trató de hacer añicos la falda de piel a modo de escarmiento.

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Aquello adquirió entonces tintes cinematográficos. Para empezar, como el cuchillo tenía dos puntas, resultó imposible que la hoja atravesara el tejido. Mi tío ejecutó varios intentos, algunos con buen estilo, de abajo hacia arriba, como acuchillan los que saben de esto. Nada. Ni siquiera las dos puntas de la hoja asomaban por el otro lado. Lo peor de todo es que mi tío acompañaba cada embestida con frases del tipo a tomar por culo la falda y otras por el estilo, todas en vano. Por si no fuese suficiente, mi prima en lugar de retraerse lo jaleaba: rómpela! venga! Viéndose incapaz de atravesar la falda mi tío optó por cortarla con el filo, pero tampoco lo consiguió. Primero lo intentó como si cortase pan. Después probó al modo de un abrecartas pero haciendo mucha fuerza y enfatizando los gestos con sonidos guturales. Nada. Aquel cuchillo era inútil. Después de un rato, derrotado, desistió y por todo daño a la falda solo pudo presentarnos un leve desgarro en el forro. Aún profirió un par de gritos que quisieron ser de autoridad pero que a esa altura sonaron como suena el eco.

Hace pocos días escogí uno de los pantalones del armario de S., mi hija, para que se lo pusiera para acudir a un restaurante con algunos amigos. Un pantalón vaquero al uso, algo muy sencillo. Me dijo que no se lo pondría. Como yo insistí en que debía ponérselo me repitió que no, pero esta vez con estruendo y con lanzamiento por el aire del pantalón, que yo había sacado de la percha y puesto sobre la cama. Me ofusqué como mi tío y fui en busca de mi propio cuchillo a la cocina. Por el pasillo me dio tiempo a pensar en la dureza de la tela vaquera, en que en mi casa no hay un solo cuchillo afilado y en que cuando mi tío no fue capaz de rajar aquella falda, mi prima tenía dieciseis años y mi hija solo tiene siete y esa es poca edad para que me vea fracasar tratando de sacar un jirón de un vaquero infantil. Regresé a la habitación y recogí el pantalón del suelo y lo doblé y lo devolví a su armario y aunque mi autoridad salió maltrecha, al menos no se esfumó.

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El laberinto de las aceitunas

Esta mañana he escuchado parte de una entrevista al juez Grande Marlaska en la radio, a propósito de un libro que acaba de publicar y que tiene un título ridículo: ‘ni pena ni miedo’. Marlaska es un producto de los medios de comunicación. Una estrella del pop. Tienen algunos medios hacia ciertos jueces y fiscales -casi siempre de la Audiencia Nacional-, algo parecido a la reverencia del paisano hacia el médico, esa clase de adulación que nace de la ignorancia sobre el oficio o la ciencia ajenas, a los que atribuyen cualidades mágicas. Por lo que escucho, Marlaska no se limita a ofrecer la panza para que se la acaricien como a los perrillos; trata de mostrar una altura de pensamiento digna de su elevada posición mediática, digna de ser puesta en un libro. Lo imagino entrando en el estudio y dejando el ejemplar sobre la mesa, entre los cables de los micros, con un golpe de ficha de dominó: soy Marlaska, muchachos, y aquí está lo que piensa alguien como yo. Marlaska dice al entrevistador que ya solo relee. A Montaigne nada menos. No quiere resultar pedante al decirlo pero se justifica: son las preguntas las que lo obligan a parecer lo que no quiere ser. Montaigne. Un folio bien tirado ese, pero para que una referencia a Montaigne esté en su sitio, sobre todo a las nueve de la mañana, hay que tener obra, Marlaska; o eso o el aspecto y la entonación de Vila-Matas; o al menos tener la costumbre de leer en francés en el dormitorio de tu pazo como Otero Pedrayo. Si no, mencionar a Montaigne es como pisar en blando cuando se camina por la acera. No queda bien. Además tu sintaxis, Marlaska, el fraseo si quieres, la formulación de tus ideas, de tus ideas sobre el derecho y el poder judicial, incluso de tus ideas sobre eso que se llama el tema vasco, que te cae cerca, en todo eso resultas ramplón, muy alejado de lo que uno espera de un relector de Montaigne.

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A mí también me entrevistaron una vez. Como yo no tenía obra ni sabía nada de Montaigne, cité El Laberinto de las Aceitunas cuando el periodista preguntó por mis referencias. Ya ves.

No hay nada personal en esto, Marlaska, ni tampoco corporativo, aunque el abogado y el juez seamos dos clases en lucha. Simplemente me cayó mal la entrevista, como pasa a veces con un vaso de agua fría.

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