De un juicio y un país

(publicado en La Voz de Galicia el día 1 de febrero de 2016)

El presidente del Tribunal que juzgó el caso Prestige, Juan L. Pía, tenía frente a él en su estrado un micrófono con el que hacerse escuchar para dirigir las sesiones. Uno de esos micros de alambre por los que uno habla pulsando un botón y acercando la cabeza como si fuese a reportar un menú y no a pedir orden en la sala. Pía utilizó aquel micrófono muy pocas veces. Prefirió hacer lo que los árbitros de fútbol ingleses, que dejan jugar cuando de jugar se trata, sobre todo un partido como aquél. Conmigo fue generoso y dejó que preguntase al Delegado del Gobierno, flamante Director de la Guardia Civil, hasta por la causa de las cruces al mérito naval de su hoja de servicios, cosas que otro en su lugar tal vez no hubiera permitido, y aunque no creo que fuese por eso, lo cierto es que el antiguo Delegado, que había eludido el banquillo, salió de la sentencia de la Audiencia peor parado que el acusado López-Sors.

El micro del magistrado Pía quedó relegado al saludo de recepción y a las pruebas de audio de las videoconferencias. Los plasmas instalados en las paredes de la sala mostraban una oficina que podía estar París o en Valladolid con gente allí haciendo la vida. El presidente pulsaba en su micro y saludaba como a los hijos del rock’n’roll: ¡buenos días Valladolid!. ¿Me escuchan en Huesca? ¿Se me oye en la Prefectura del Departamento de Las Landas? …du Département des Landes? Aquel día el Prefecto tardó en aparecer para videoconferenciar y tuvimos un buen rato el plano fijo de dos trabajadoras de la Prefectura conversando ajenas al grupo de personas que mirábamos desde una sala de ExpoCoruña como quien asiste a una obra de Ionesco, sin comprender nada, porque la intérprete obró con discreción y no tradujo. El testigo de Huesca, que era guardia civil, creyendo que no lo oíamos, señaló el monitor por el que él veía al magistrado y dijo algo como: mira, es el de la pajarita. Esas cosas Pía, que había ganado cierta fama, las resolvía que ni Vicente del Bosque: Valladolid, no sé si me escucha, yo a usted muy bien. Al perito Zamora Tarrés, después que dejase escrito en su blog que el presidente de la Sala tenía el aspecto de un ‘domador de camellos’, lo trató exquisitamente y solo quiso de él una aclaración: ¿por qué de camellos?

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El juicio duró lo que un curso. Al final, en verano, dedicamos una sesión a ver filmaciones y a escuchar conversaciones registradas. En los plasmas de las videoconferencias vemos al Capitán del Prestige apostado en la cubierta del petrolero, que aparece descomunal y semihundido en la nada del atlántico. Solo hay mar mire uno donde mire, un mar que embate el costado y rebasa la cubierta del barco. El piloto de salvamento quiere que el Capitán suba al helicóptero y que lo haga rápido porque la autonomía puede entrar en zona crítica. El Capitán se niega con un gesto enérgico al helicóptero para que se marche dejándolo allí. No hay ficción que impresione lo que esa escena. La aeronave se aleja y la ampliación del campo de visión aterra. El Capitán se vuelve y camina hacia el puente tratando de no perder el equilibrio. De diez que lo esperasen nueve son la muerte, pero el Capitán no abandona el barco. Prefiere la vida del barco a la suya y por eso está sentado frente a nosotros en la Sala de justicia.

No hay demasiado que decir sobre la decisión que el Tribunal Supremo ha pronunciado. Ha corregido la condena que la Audiencia impuso al Capitán y con eso ha hecho posible que naviero y asegurador respondan por los daños causados, incluso más allá de los límites fijados en las convenciones internacionales, porque esos límites amparan la navegación prudente, no la delincuente. Eso es algo que solo puede celebrarse. La verdad es que el Supremo ha trabajado como a beneficio de inventario: ha sido tribunal de instancia para revisar la condena del Capitán y auténtico tribunal de casación para confirmar la absolución del Director de la Marina Mercante, porque hay cosas que, simplemente, no pueden quedar como habían quedado, pero solo ciertas cosas. El Presidente de la Xunta zanjó el caso el primer día del juicio: “un capitán responsable nunca debió capitanear una chatarra flotante”. El Supremo lo repite aunque estirando más las frases. Eso fue todo. Nunca hubo más. Acaso una ensoñación, solo eso. El sueño de un país que aquel diciembre, en Compostela, estuvo a punto de nacer, de serlo, y que hoy mira las obras de un Parador. De aquel país yo me acuerdo, pero dónde está.

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