David S. y la voladura del riñón.

Un compañero de aula me dijo que beber agua si se tienen ganas de orinar en ese momento puede causar el reventón de uno de los riñones. Me lo dijo David S. recién acabado el parvulario, mientras hacíamos recreo en el primer curso de EGB, tal vez el segundo. David S. era listo. Era el número uno en la clasificación por resultados y habilidades, que era una forma de ordenarnos por nuestras notas. David S. era el más listo y por eso se permitía esa clase de afirmaciones de dudoso fundamento aunque yo, que era el quinto más listo, lo convencí de que Cerceda y Cercedilla eran el mismo lugar y de que en Asturias no había hórreos y esas cosas tampoco tenían fundamento. David S. era hijo del profesor y eso convertía en infalible lo que decía y nadie lo contradecía.

Ayer bebí agua a borbotón al llegar a casa. Hacía mucho calor. Bebí de la botella ruidosamente, exagerando como si en lugar de estar en mi cocina llevase días perdido en el Sáhara. Mientras bebía me preparé para la voladura del riñón porque tenía prisa por ir al baño. El riñón no reventó. En realidad llevo treinta y cinco años esperando que reviente por culpa del puto David S. Al beber visualizo el riñón que explota como una naranja por un balazo, aunque eso no me detiene y sigo bebiendo confiado en que David S. tal vez no tuviese razón, aunque sé que nunca llegaré a estar seguro.

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Cocinero firmando libros

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El sábado encuentro un cierto tumulto en la feria del libro. Aglomeración de personas, brazos en alto, niños alzados, teléfonos en la mano por una fotografía. No persiguen a un escritor, sino a un cocinero al que han visto en televisión. Un tipo famoso. En las ferias de cocina no abundan escritores preparando esqueixada de bacalao. En las ferias del libro triunfan cocineros y toda clase de personajes alejados de la escritura. Estoy resignado. Yo también aúpo a mi hija para que vea al famoso. Debí levantarla mucho porque me aseguró que no sólo lo había visto a él, al que firmaba y dedicaba libros escritos por otro, sino también a sus compañeros de show televisivo, aunque éstos otros no estuviesen en allí.

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La calle de Negrín

No hace mucho dieron por televisión un documental sobre Juan Negrín y yo lo encontré por casualidad buscando otro programa. Viéndolo recordé el tiempo en que perseguí mi propio relato del tiempo de la República y la guerra por librerías de viejo y de saldo, por reediciones, por cintas VHS. Encontraré en esos lugares memorias y diarios. Largo, Prieto, Martínez Barrio, Zugazagoitia, Álvarez del Vayo, Azaña, Alcalá-Zamora, Vicente Rojo. También retratos templados por hispanistas que antes fueron orientalistas, Gibson, Thomas, Preston, Brennan.

No habrá relato porque hechos y personajes se sobreponen a la narración misma y ésta me parecerá falsa, si no banal. Cuando llamen a su puerta, Calvo Sotelo estará en pijama y antes de salir de casa para recibir la muerte se vestirá con traje y llevará en un maletín lo necesario para su aseo. A Casares Quiroga, sentado a la mesa, la historia le pedirá que descerraje las puertas de los depósitos de fusiles para que entren milicianos y sindicalistas a por ellos, o que lo prohíba para contener la tromba de sangre y no será capaz de ninguna de las dos cosas. Azaña saldrá del país a pie por el paso de la Bajol y descenderá hacia Francia apoyándose en las manos por una barranca helada porque es invierno y noche y nadie lo espera aunque presida una República.

En La Bajol Juan Negrín, que fue médico con veinte años, será visto despidiendo a Azaña. Negrín también saldrá de España a poco tardar y el exilio va a perpetuar en su rostro un rictus amargo que impregnará toda su vida y las vidas de los otros, los hijos, los nietos, los biógrafos.

En el documental lloran los nietos de los exiliados. Los nietos de los exiliados hoy son ancianos. Mexicanos. Llora una nieta de Juan Simeón Vidarte. Llora la nieta de Negrín y también llora Gabriel Jackson, biógrafo de Negrín. A Jackson va a atravesarlo nuestra guerra como lo atravesaría un rayo, dejándolo muy herido.

Al tiempo que atendía el documental busqué la etiqueta #Negrín en el tuiter  y lo que voy a encontrar es el aviso de un accidente de tráfico sucedido en la calle #Negrín, en algún lugar de México o de Venezuela. Acaso Negrín tenga una calle con su nombre en el destierro. En Madrid no hay calle para Negrín y en eso sólo, o en los ojos que el historiador Gabriel Jackson cubre ahora con su mano, está contada la guerra entera.

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Je suis un siffleur d’hymnes

El día que murió George Harrison un tipo empezó a faltarle delante de mí después de decirle yo que lo admiraba y que lo había llevado dibujado en la carpeta del colegio. Que si no valía como músico, que si había sido un plagiador, que si un tonto del hare krishna, que si los Rolling Stones no se qué y cosas así. Pensé primero en estrellar mi vaso en su frente, pero me iba a cortar en la mano y entonces me desmayaría por la sangre y en este estado él podría desquitarse muy fácilmente. Después sopesé dejar que siguiese hablando y yo hacer gestos de asentimiento y en ésas lanzar una patada entre sus dos huevos al despiste, pero para eso debería primero calentar y estirar un poco porque ya entonces estaba fuera de forma y una patada como ésa, tirada en frío, podía desgarrame el aductor, eso sin mencionar que el despiste que yo buscaba se diluiría con los ejercicios de calentamiento. Lamenté no haberme hecho policía porque entonces podría exhibir mi placa y reducirlo allí mismo contra el suelo, hincándole la rodilla donde las hincan los policías, y sacarlo esposado entre aplausos y vítores de los seguidores de Harrison que seguro había en el bar en que estábamos, aunque lo cierto es que todo sería más fácil si este tipo y los tipos como él tuviesen prohibido acceder a espacios con población porque así estos problemas se evitarían y no tendría yo que ocuparme en esta clase de planes. En todo esto fui pensando y al final creo que dije ‘tú mismo’, o algo parecido que en realidad fue decir nada, y busqué otro conversador.

Los derechos molestan cuando son fundamentales. A veces incluso joden mucho. Si no hay a quien joda el ejercicio de un derecho es que ese derecho no tiene el valor de fundamental. No se hacen huelgas en domingo. Tampoco manifestaciones en los arrabales. Es simple. Existen por eso pactos, cartas, tratados internacionales, constituciones y algunas otras normas más que proclaman los derechos fundamentales y tratan de garantizarlos. Garantizar un derecho fundamental viene a ser más o menos amparar a quien lo ejerce en lugar de perseguirlo o de amparar al perseguidor. Aplaudir el himno oficial no es un hecho que tenga que ver con la libertad de expresión. Pitar cuando suena es desconsiderado y falto de respeto con muchos otros ciudadanos, pero sí tiene que ver con la libertad de expresión, porque existe para eso, no para lo contrario. No era fácil ser Charlie Hebdo y aquí de repente lo fueron todos. Ser Charlie Hebdo no consiste en dibujar a Mahoma vestido de hombre bala del circo si a la vez se persigue a quienes no respetan los símbolos de nuestro Estado; no se trataba de que podamos denigrar lo que importa a los otros, sino de aceptar que pueda denigrarse lo que nos importa a nosotros.

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