Café

Tomei o café nun dos bares de abaixo. Un tipo na barra mira no teléfono. Di: ‘un do avión era de Coruña’. A encargada dille a el: ‘o gallego, non hai onde non haxa un gallego’. Despois olla para min. Quere que eu lle diga que sí coa cabeza. Eu fágolle un aceno co hombro esquerdo. Válelle. Unha muller está sentada á miña dereita nun deses taburetes moi altos polos que hai que trepar para pousar nel. Láiase porque nas montañas non hai onde aterrar se os motores fallan: ‘noutros sitios polo menos o intentas’. Fala coma un piloto de avións. A encargada dille ‘claro’ e logo volver ollar para min en busca de aprobación ou censura, como se o piloto fose eu e non a señora, porque eu visto cunha esas zamarras inglesas con escudo bordado en ouros. Eu devólvolle a mirada e deixo o euro do café cun palmetazo na barra, como fan os paisanos.

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Cenar a las ocho

En las películas americanas de abogados siempre hay un tipo que se ha quedado solo en el bufete con la noche entrada. En el plano anterior el chaval de la empresa de limpieza se despedirá de él y apagará la última luz. Seguirá un fundido que representa el paso de las horas y el tipo aparece estudiando con la luz de un flexo, descorbatado, abrumado. Se frota los ojos por la fatiga; se servirá un dedo de whisky de una botella que guarda en un cajón y se recostará contra el respaldo de la silla para tomar el trago frotándose otra vez los ojos con la mano libre y en España pensamos que son las tres de la madrugada y en la película en realidad son las siete de la tarde y el tipo después del exceso de jornada aún podrá comprar fruta y una botella de vino y con todo eso en una bolsa de papel se tomará otra copa en el bar que hay justo frente al bufete y llegará a tiempo de cenar a las ocho en casa con su familia. Me cago en la puta y en el cine y en España y sus horarios.

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