La condición posmoderna

Llamé a D. y lo cité para tomar pacharanes en un café de la ciudad vieja. D. siempre había querido estudiar periodismo. El periodismo era entonces un estudio cotizado, porque había que ir a Madrid y tener cierta nota y D. la tenía y envió una solicitud. El decano le escribió anunciándole que había sido admitido en la Facultad y dándole la bienvenida. D. recibió la carta y la leyó y a continuación decidió que no estudiaría periodismo. A D. nadie le había impuesto esos estudios, pero con aquella decisión quiso demostrar que su albedrío era más libre que el del resto y en cierto modo lo demostró y algunos de sus amigos empezamos a acudir a él en momentos de aturdimiento. Yo pasaba por uno de esos momentos por todo aquello de la trenca y había vuelto a beber cocacolas por la noche y a salir de casa de madrugada para exaltar al Exército Gerrilheiro desde el Mercedes de mi padre.

Le dije a D. que me encontraba en un punto en el que las cosas habían dejado de tener explicación, y que aunque había buscado como existencialista el vacío y la vida sin sentido, esa aspiración no dejaba de ser una cierta forma de orden, y ahora que había roto con el existencialismo yo vivía el vacío de no poder aspirar al vacío y eso provocaba la ejecución de actos absurdos como los gritos nocturnos en favor del Exército Gerrilheiro.

Para D. no se trataba de actos absurdos y me habló de algunos existencialistas que habían acabado militando en las guerrillas centroamericanas, en las que se habían mostrado feroces y ascendido rápidamente, y también mencionó a un profesor de letras de La Sorbona que se pasó al Jemer Rojo camboyano. Resumió su punto de vista afirmando que en realidad yo albergaba un dilema moral sobre la cuestión de las armas que me estaba desgarrando interiormente, y que como no era capaz de asumirlo decía todas esas cosas del vacío sobre el vacío que él consideraba ridículas. Luego bajó la voz y dijo que si al final yo daba el paso él lo comprendería y respetaría mi decisión y me pidió que, si lo hacía, le mandase una foto con el fusil cruzado en el pecho.

Pregunté a D. si estaba seguro de lo que decía. Yo no podía alistarme en ninguna guerrilla porque me había declarado objetor de conciencia y no quería problemas con eso, ni mucho menos irme a las selvas centroamericanas porque estaban llenas de insectos y alimañas y a mí la presencia de un insecto me provocaba espasmos y convulsiones y había que imaginarse lo que podía ser eso con el dedo en el gatillo de una ametralladora, y todo sin contar que estaba seguro de que mi madre aparecería en la selva y me daría algunas bofetadas delante de los otros guerrilleros y me sacaría de allí tirándome del pelo. Además, para llegar existencialista-guerrillero había que ser primero existencialista y yo ya no lo era, y eso era de una lógica irrefutable y ante la lógica irrefutable no cabían dilemas.

Yo a D. lo había llamado porque después de rechazar su admisión en la Facultad de periodismo se había matriculado en Filosofía y estaba al cabo de la calle en tendencias y corrientes de pensamiento y yo buscaba quien me orientase hacia la corriente en que recalaban los ex-existencialistas, al menos los que no se iban a una guerra, que por lo visto debíamos ser una minoría.

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All Things Must Pass

Un día la trenca se acabó. Se acabó porque tenía que acabarse, como ocurre con todas las cosas menos con el programa Informe Semanal. Yo sabía que ese momento llegaría y lo temía porque con la trenca se iba el existencialismo y con él mi forma de estar en el mundo. Mi madre vio venir una crisis de identidad y tuvo el impulso de alargar la vida de la trenca afeitando las bolas de lana con la maquinilla de mi padre, pero el tejido estaba ya muy dañado y hubo de aplicar demasiada fuerza y las hojas se doblaron y mi padre se cortó al día siguiente temprano y se cagó en la trenca y a Jean Paul Sartre quiso ridiculizarlo y lo llamó ojopipa porque era estrábico.

Después de eso no hubo ya nada que hacer porque además, si mi madre me había comprado una trenca Burberrys pagándola con un cheque, había sido porque con Burberrys quedaba clara nuestra posición urbana y desahogada, y sabía que seguir aferrándonos a ella con afeitados y apaños significaba justamente lo contrario, la estrechez.

Mi madre ofreció como salida llevar la trenca a la parroquia, pero eso no pudo ser porque ni ella ni yo sabíamos cuál era nuestra parroquia ni dónde estaba, y como última opción antes de tirarla a un contenedor de basuras, propuso que la llevásemos al día siguiente a sus primos de Lugo. Los primos que mi madre tenía en Lugo no los tenía en Lugo-Lugo, sino en algunas aldeas del contorno de Sarria, y eran gente muy apreciada que andaba con el ganado y los trabajos del campo y que utilizaba para esas faenas la ropa que nosotros desechábamos y que solíamos llevarles cuando mi madre los visitaba.

Mi madre me dijo que había que mirar el lado bueno de aquello, y que seguro que ellos nos darían matanza y hortalizas, porque siempre nos daban ese tipo de cosas cuando íbamos de visita.

Pedí tiempo para pensar y pasé aquella noche en vela bebiendo cocacolas y tratando de borrar de mi cabeza la imagen del primo Celestino recogiendo sus vacas del prado con mi trenca y una vara. Creo que perdí de algún modo la noción de la realidad y que experimenté delirios inducidos por esa imagen y por el gas de las cocacolas, que me había hinchado, porque cerca de la madrugada bajé al garaje y cogí el coche de mi padre, que era un Mercedes muy flamante, y lo conduje por caminos y pistas asomando la cabeza por la ventanilla y lanzando gritos a favor del Exército Gerrilheiro do Povo Galego Ceive.

Recuperé el orden y la lucidez con el amanecer. Algunos de aquellos primos de Sarria vivían unas vidas realmente duras y ásperas y sin comodidades que yo tenía por indispensables para la subsistencia, y con esas vidas podrían haberse llenado algunas de las mejores novelas de la literatura existencial. Era seguro que ninguno sabía lo que era el existencialismo, y también que si un tipo como Sartre se hubiese puesto a hablarles de la alienación social con un megáfono y subido en un bidón de gasolina, como Sartre había hablado a los obreros del metal en París, le hubiesen arreglado el ojo malo con un sopapo.

Así visto, no me pareció un mal final. Incluso parecía un buen final. Pero para cuando se lo quise decir a mi madre, me confesó que había visto en sueños a Celestino pastoreando con la trenca y un ojo torcido como el de Sartre, y que esa visión la atormentaba y no se veía capaz de llevar la trenca a Sarria, por mucha matanza que trajésemos de vuelta.

La trenca bajó al trastero. Yo comencé a trazar planes para superar la situación y me dije que para alguien que amaba el renacimiento y el bolchevismo a partes más o menos iguales como yo, tenía que haber por fuerza otros territorios interiores y estéticos a los que dirigirse. Otros existencialimos. Tal vez el mismo existencialismo con otros nombres.

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