Alvite

Una tarde llegué de clase y encontré a Alvite sentado en el sofá del salón. Alvite veía un partido de la selección de fútbol en la televisión con mi padre y algunos amigos. Un partido de la selección de fútbol era casi siempre un espectáculo lamentable y soporizante, y mi padre y sus amigos se veían un poco en la necesidad de animarse con ginebra de la marca Gordon’s, que era una forma de mirar el fútbol como de lado, porque nunca estaban claras algunas cosas que suelen estarlo cuando se ve un partido. Quiero decir que si uno llegaba tarde y preguntaba el marcador podía haber respuestas contradictorias y se producían algunas escenas divertidas.

A Alvite lo había traído a casa su hermano, que no se llamaba Alvite y que solía ver partidos con mi padre y otros amigos. Mi madre vio en eso una buena acción, y quiso hacer también su buena acción y le sacó a Alvite el mejor vaso para el gin-tonic y le puso aceitunas rellenas y un cenicero para él solo.

Alvite aún no daba entrevistas ni había alcanzado la fama literaria, y en aquel tiempo llevaba una vida perruna y disoluta y tenía muy alto el prestigio que dan las horas bajas cuando uno las trabaja bien, y con esto quiero decir que Alvite sabía qué hacer para que casi nunca se supiese del todo si estaba vivo o muerto, y eso no resulta nada fácil de conseguir cuando se tiene un empleo en una Caja de Ahorros como tenía Alvite, porque de las colaboraciones en prensa no se podía vivir.

Yo había comenzado a idealizarlo y le pedía a mi madre que antes de dormir me contase cosas de Alvite, porque mi madre tenía amistad con su cuñada y buena información. Mi madre me contó que había locales que pagaban al barman a fin de mes con lo que Alvite dejaba cada noche en la caja, y me contó también que cuando desaparecía más de tres noches su familia lo buscaba directamente en el depósito y que si no estaba en el depósito acudían al servicio de socorro de la radio nacional, porque el servicio de socorro lo escuchaban mucho las mujeres que hacían limpieza de madrugada en los nightclubs donde Alvite había aprendido a perderse, y esas mujeres en realidad sufrían por la familia de Alvite y solían dejar aviso del garito donde lo podrían encontrar dormido sobre la barra.

Cuando llegué aquella tarde el partido estaba avanzado y me senté junto a Alvite, que era parco y desprendía olor intenso a tabaco negro. Alvite no dijo nada durante un buen rato y después me preguntó si yo siempre veía los partidos en casa con la trenca puesta. Alvite fue injusto, porque si yo no me había quitado la trenca había sido para que notase que en cierto modo yo era de los suyos y que aspiraba al fracaso, porque a los existencialistas el fracaso y la desestructura personal nos resultaban admirables y difíciles de alcanzar.

Tiempo después lo encontré una noche en uno de aquellos locales en los que era respetado y le entré de frente. Alvite había pedido perdón a su mujer y le había confesado que muchas de aquellas noches en realidad él había vuelto a casa, pero había aprendido a dormir de pie apoyado en la puerta del dormitorio para que ella no despertase y lo viese y él no sintiese aún más vergüenza de la que ya sentía, y que también había aprendido a llorar dormido y a marcharse a la Caja de Ahorros antes de que ella abriese los ojos al amanecer. Todo eso Alvite se lo dijo a su mujer en una columna que La Voz de Galicia había publicado aquella mañana y yo fui a él a decirle que estaba impresionado y que si el existencialismo fuese una milicia él sería como poco Coronel.

Alvite me confesó que había escrito la columna porque su mujer no se le ponía al teléfono y porque no se le ocurrió otra forma de comunicación, y que entendía que no quisiera hablarle y que ella lo merecía todo por haberlo aguantado. Después me preguntó quién era yo. Le dije que yo era uno que en aquella columna había aprendido lo que los sobresalientes en literatura no me habían enseñado, y que un día escribiría algo y se lo dedicaría. Alvite me miró y dijo que ya caía, que yo era el de la trenca, y no me ofreció tomar una copa, sino fumar un habano. Alvite y yo nunca volvimos a vernos.

PD. El 4 de septiembre de 2004 por la mañana fui a arreglar un poco mi pelo a una buena peluquería de Vigo porque esa tarde tenía que casarme. Como yo era un novio y tenía trato preferente, no sólo me dieron café y agua con gas, sino que le quitaron el Faro de Vigo a una mujer que estaba a punto de cogerlo y me lo dieron a mí. Al hojearlo encontré a Alvite, que en una columna rememoraba sus noches en aquel local en el que yo le había entrado de frente. Tuve la certeza de que aquella columna la había escrito para mí y que por eso había elegido aquel día, porque como Alvite no tenía mi teléfono no podía haberme dicho nada si no era por una columna en el periódico, que era como Alvite sabía hacer esas cosas.

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Uno de Herri Batasuna

Yo gané un par de premios en los concursos literarios del colegio. Uno de ellos lo recibí por un cuento que tenía un título que no he olvidado y con el que, aunque yo no podía saberlo porque la edad todavía no me alcanzaba, estaba llamando a las puertas el existencialismo.

En mi aula había un tipo que un buen día se piró. Quiero decir que se marchó de su casa y, como es lógico, también del colegio, porque una cosa sin la otra no tenía ningún sentido práctico. La huída no fue para siempre porque el chico volvió a los pocos días, aunque pocos días de los de entonces son realmente muchos días. Allí estábamos todos impresionados y casi no se hablaba del asunto. Cuando reapareció, ninguno preguntó ni hizo comentarios, ni nadie supo nunca dónde había estado refugiado.

Yo escribí un cuento muy breve culpando a la vida de lo ocurrido. Escribí que a mi compañero de clase la vida primero le había dado una patada y cuando se quiso incorporar la misma vida escupió en su cara y ya no regresó más al colegio. Yo ahí exageraba porque él había vuelto. Lo presenté al certamen, me dieron el primer premio e hicieron que lo leyese en público en un acto que era casi como la entrega del planeta, porque uno se presentaba con seudónimo y la obra con un falso título, y allí en vivo se abría la plica y se desvelaba la identidad del autor y tenía emoción.

El protagonista del cuento acabó aquel curso y se marchó a otro colegio.

Muy pocos años después los dos nos encontramos en una especie de conferencia que uno de Herri Batasuna vino a dar a la Universidad. Yo asistí con mi trenca y un flexo de hojalata que acababa de comprarme esa misma tarde y que le iba a dar a mi mesa de estudio una presencia austera y existencial, como debía ser la del protagonista de La Náusea. Yo al de Herri Batasuna lo fui a ver porque Herri Batasuna estaba todo el día en los periódicos y sus cabecillas eran gente muy famosa aparte de otras cosas y porque me pareció una forma de mostrarme transgresor sin acabar al día siguiente con resaca.

Mi antiguo compañero y yo nos dimos algunas explicaciones que no ofreceríamos si la conferencia la diese otra persona y creo que los dos tuvimos una sensación parecida a la de habernos encontrado en un lugar al que se va a practicar algún tipo de vicio. Luego nos sentamos en sitios distintos y yo pensé que era normal que alguien que se va de casa con dieciséis acabase escuchando a uno de Herri Batasuna y él seguramente pensó que era normal que alguien que culpó a la sociedad de su aventura infantil acabase prestando atención a uno de Herri Batasuna.

El de Herri Batasuna resultó un tipo romo y negado para la comunicación y en eso los dos estuvimos de acuerdo. Cuando nos despedimos aún tuvimos un momento para recordar el cuento que nos había unido de alguna manera. Yo creo que fue mi mejor cuento, y que ninguno de los que escribí más tarde, metido de lleno en el existencialismo, lo mejoró.

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Amigos

Una mañana varios de mis amigos me abordaron en la facultad. Mis amigos no eran existencialistas ni de ninguna otra corriente alternativa. Habían venido a decirme que yo era un buen tipo, incluso atractivo, pero que el existencialismo me estaba volviendo huraño y hacía que me enredase en cuestiones que debería resolver sin complicarme y como quien se toca la oreja. Admitieron que llegar a desentrañar las contradicciones del ser-en-sí debía ser la hostia, pero en la vida lo normal no era andar solucionando eso metido en una trenca, sino decidir si con el whisky querías dos hielos o tres y cosas así, y yo en ese terreno estaba empezando a fallar y nos estábamos distanciando.

En realidad mis amigos no lo dijeron de ese modo. De ese modo lo quise entender yo. Ellos economizaron el lenguaje al máximo y emplearon exactamente las palabras tú estás gilipollas, sin más. Yo me revolví en mi trenca y les dije que lo que pasaba es que a ellos sólo les preocupaba la marca de su reloj. Me equivoqué, porque en el desconcierto por mi golpe bajo todos empezamos a mirarnos las muñecas y los relojes y resultó que dos de mis amigos no usaban reloj y el otro se lo puso a medio palmo de los ojos y me dijo que la marca no se veía bien, que no sabía si ponía Lorus o Locus o Focus, y que lo mirase yo, porque era el que más entendía de marcas de relojes.

Crisis como aquélla solían solucionarse jugando a la pocha y tomando Drambuie y echando mano de los viejos tiempos, como si fuésemos gente en el ocaso de la vida, y esa vez no fue una excepción. Solo que esa vez cundió la sensación de que era imprescindible un golpe sobre la mesa.

Por eso aquella misma noche fuimos a O Grove y empezamos a jugar una pocha que debía durar no menos de treinta y seis horas, que fue el tiempo que habíamos calculado necesario para restañar nuestras fracturas internas al menos por un par de años. Una pocha que sólo se interrumpiría para ver películas de Kevin Costner, que era un tipo cuya presencia en la pantalla siempre nos unió bastante.

Nos bebimos el Drambuie, que tenía la virtud de nublar la vista y despejar el horizonte al mismo tiempo, jugamos la partida y vimos cinco o seis películas de Kevin Costner y yo a la segunda me levanté y grité que si a Truffaut le hubiesen dado opción habría escogido ser Kevin Costner y allí mismo me abrazaron primero a mí y luego todos con todos como si se hubiese marcado un gol.

Yo en el mundo del existencialismo no dije nada de ésto, porque era casi seguro que me echaban si se supiese. Pero un día me encaré con uno que me espetó que echar leche al café era algo discutible en el existencialismo y yo me acordé de lo de los dos o tres hielos y entonces le grité ¡Viva la OTAN!, que era lo más fuerte que se podía escuchar en una reunión existencialista y que sonó tan estentóreo que los demás primero callaron y luego empezaron a reír como si hubiese contado un chiste.

Yo dejé el existencialismo de allí a poco y cuando aún me cruzo con Kevin Costner en la televisión, siempre recuerdo aquel tiempo en el que aún podíamos con casi todo.

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